martes, junio 19, 2007

El gigante se duerme

La llama de la revolución comenzó a apagarse cuando Stalin impuso, más allá de cualquier duda, la noción de “socialismo en un solo estado”, contra la línea de Trotsky. La posibilidad de que se propagara una auténtica revolución proletaria en la Europa industrializada, viva a principios de la década de 1920, comenzó a apagarse con el correr de los años. El régimen, dominado por Stalin, comenzó replegarse sobre sí mismo. Aislado completamente de Europa, separado por una serie de naciones intermedias que conformaban una especie de “cordón sanitario”, se volvió la espalda a occidente y se comenzó a mostrar un interés creciente en Asia, preludio de la expansión que tendrá lugar hacia el tercer mundo. La URRS no tuvo, a partir de entonces, nuevas aventuras revolucionarias, salvo una incursión infructuosa de Stalin en China, que asustó a mucho de los primeros revolucionarios (que vieron en estas acciones de Stalin el peligro de querer retroceder al pasado, instalando un nuevo tipo de “despotismo oriental”, como el de Genghis Khan).

¿Quién podía oponerse a esa voluntad? Trotsky, sin dudas. Pero luego del juicio político que lo apartó del poder y lo llevó al exilio, había poco que esperar del empuje de este revolucionario perpetuo. Luego de su asesinato, en 1940, esa posibilidad dejó de existir incluso como sueño.

La dictadura del proletariado se convirtió en la dictadura de un partido único, encabezada por un lider mesiánico (una versión corregida, mejorada y aumentada de Genghis Khan). Se prohibió toda expresión de voluntad, incluida la voluntad revolucionaria. El partido, que representaba al pueblo, comenzó a actuar como su delegado directo, sin tomar en cuenta sus pulsos, tomando decisiones que iban a contrapelo de sus intereses.

Extraña cosa.

Los primeros en percibir este cambio fueron los propios revolucionarios, que terminaron corriendo la misma suerte del malhadado Trotsky. De a poco el régimen se fue convirtiendo en una en una especie de monarquía no hereditaria, similar a la que se impondrá en Corea del norte y en Cuba, que se sustentaba, más que en la fidelidad marxista, en la legimitimidad que permite la administración política del terror.

Pero por bruta y decidida que fuera su voluntad (cerca de un 10% de los habitantes de la URRS dejó enredada la vida por por razones directa o indirectamente políticas), Stalin no logró instaurar un régimen totalitario.

Los sistemas totalitarios se parecen a lo que nos muestra Orwel en su novela 1984. Allí hay un “Gran Hermano” (o sea Stalin) que ejerce un control total sobre los movimientos y las acciones de las personas, a la vez que logra controlar sus pensamientos, mediante la propaganda y la educación.

La verdad es que toda la violencia empleada (incluida la violencia soterrada que conlleva la propaganda) no logró convertir a los rusos en buenos marxistas.

Durante su mandato, la sofisticada filosofía hegeliana de Marx se transformó e un catecismo simple, dogmático, que el pueblo debía repetir en forma mecánica, sin adulterar una coma. ¿Quién se iba a atrever a revisar el dogma del tirano? Pero el pensamiento de los súbditos de este rey sin corona nunca pudieron ser controlados. Lo que pasó fue otra: millones de hombres y mujeres se aprendieron de memoria los mandamientos del régimen, pero fueron pocos los que lograron comprender su sentido profundo.

Hay datos muy elocuentes, que proceden de una de las obras de Hobsbawm. En los 80’s se hizo una encuesta en Budapest (Hungría). La pregunta era muy simple: ¿quién es Carlos Marx?. Aunque los interrogados habían sido edudados en forma sistemática como buenos marxistas, algunos no sabían si estaba vivo o muerto Marx, si era un filósofo o un político, algunos pensaban que era un simple traductor de las obras de Lenin....

Los ciudadanos de este mundo tan controlado no absorbieron realmente la doctrina. Tampoco se mantuvieron como un pueblo revolucionario. Las sucesivas dictaduras de partido único opacaron al pueblo, doblegando sus aspiraciones, aplanando sus intereses. Luego de algunas décadas de eso, lo que pasó es que los sentimientos, las ideas, las aspiraciones políticas se fueron apagando. Surgió de allí una muchedumbre apática, completamente despolitizada, que funcionaba completamente al márgen de los circuitos del poder. En ese mundo social completamente despolitizado y desmovilizadolos tópicos clásicos del proyecto socialista importaban bien poco.

Lo que les pasaba a las personas también les sucedió a los burócratas que formaban parte del PCUS. Esos antiguos líderes de la revolución que se ganaron el control del aparato estatal, pronto se acostumbraron a esta función. Se volvieron funcionarios públicos, celosos de sus prebendas, sin interés por opinar de nada que no tuviera efectos sobres sus vidas prácticas.... ya no eran esos antiguos soldados de la revolución proletaria, impulsores del cambio radical, ya no eran parte de una elite transformadora, guerrillera universal, sino una casta de burócratas que se apoltronaron dentro del estado, sin moverse, hasta la caída del muro: ya no eran una elite transformadora, guerrillera universal, sino una casta mandatada para defender la continuidad y el status quo (ojo que esta burocracia conservadora es nueva: Stalin liquidó a todos los primeros revolucionarios).

De ese marxismo arrasador que comentamos clases atrás estaba quedando muy poco. Ya no se discute, ya no se proyecta. ¿Muerte total para el espíritu crítico, que busca la transformación?. Luego de la muerte de Stalin, en 1953, hay signos de que sobreviven residuos del espíritu transformador. ¿Dónde? Hay elite muy pequeña, conformada por intelectuales y por miembros del propio PCUS, que abogan por una profunda reforma del sistema. Son conscientes de la ineficiencia de la política agraria seguida desde fines de los 20’s, de la alta dosis de corrupción que hace esteril la política y que restringe el operar de las empresas. Advierten la urgencia la necesidad introducir otros procesos en las empresas, de aceptar la introducción de algunos principios de mercado que aseguren su competividad. Saben que es urgente abrir el sistema, permitiendo que se cuelen algunos aires de libertad, garantizando un mínimo acceso de la ciudadanía a la información, alentando, además, la innovación tecnológica, artística.

El proyecto de Lenin y Stalin parece haber colapsado. Es perentorio levantar a este gigante que empieza a evidenciar flaquezas que occidente no logra advertir. Para lograrlo se necesita una reforma interna profunda, empujada por el propio partido, podría retardar el desenlace (o evitarlo). Las mentes más críticas lo perciben con nitidez. Advierten, también, que los ajustes tienen que comenzar cuánto antes. Si se deja pasar el tiempo, el enfermo se va a agravar. La medicina de los cambios se va a convertir, ella misma, en enfermedad que puede desfundamentar al régimen. Pero la reforma no logra avanzar mucho. La maquinaria del régimen es pesada, y todo conato de cambio es muy pronto bloquedo por los burócratas.

Los críticos miran esta parsimonia con desesperación. Pero no hay mucho que hacer.

Discrepancias, discusión, proyectos alternativos. Todo bulle dentro del régimen.

Pero estas discrepancias no eran visibles para nosotros. Sólo nos dimos cuenta de que el mundo soviético había dejado de ser monolítico en los 80’s, cuando comenzó a imponerse la Glasnost y poco después vino el colapso total.

jueves, junio 07, 2007

El izquierdismo es la "enfermedad infantil del comunismo"

La revolución rusa se alimentó, en sus orígenes, de una movilización social auténtica, en la que confluyeron sectores inorgánicos que abogaban por el término de la guerra y del despotismo extremo del régimen zarista, con su centralismo arbitrario, con su odiosa policía política. Quienes empujaron realmente la revolución, querían que se instalara un gobierno ‘moderno’, similar al que prevalecía en la Europa avanzada (expectativa bastante natural, por cierto). Aunque lo ‘moderno’ era visualizado dentro de los códigos de la fórmula liberal clásica, se esperaba algo más: que la nueva administración fuera más popular, participativa y, por cierto, gentil con un campesinado que llevaba años pasando calamidades inimaginables. A poco, surgió otra visión de lo ‘moderno’ en el seno mismo del movimiento revolucionario. Algunos esclarecidos, miembros de la elite de revolucionarios, quisieron llevar la participación de las fuerzas vivas de la sociedad a un nivel más real, alentando una transformación radical que mirara al establecimiento de una democracia genuinamente popular, inspirada en los lineamientos fijados por Marx. Soñaron con una revolución a gran escala que subvirtiera desde las raíces mismas toda la Europa industrializada, llevándola a una fase histórica distinta, en que pudiera consumarse de manera más perfecta el sueño de una distribución equitativa del poder y de la instauración de formas de organización social más integradoras y fraternas.

Una participación más auténtica. Genuino ‘poder popular’. Una democracia verdadera: o sea social (en lugar de liberal o burguesa).

¿Hubo eso, como resultado de la revolución?.

Los bolcheviques, una minoría que se tomó el movimiento, vía golpe de estado, pudieron mantener sujetas esas aspiraciones iniciales, bajo el pretexto de la urgencia de la guerra. En el primer pronto de la revolución pasaron por encima de cualquier anhelo o interés, avalados por las exigencias de la emergencia. Luego de la guerra internacional, estalló la guerra civil. La revolución se veía amenazada desde todos los flancos. Por razones completamente inexplicables esta minoría intelectualizada, más bien juvenil, de profesionales de la revolución, tan apartada de la realidad social del país, logró salir airosa de estas emergencias, casi irremontables. El arreglo de Brest-Litovsk permitió poner punto final a la participación soviética en la guerra (al precio de un enorme sacrificio territorial), los nostálgicos del zarismo fueron derrotados, las agresivas intenciones de las potencias extranjeras que querían ahogar la revolución fueron contenidas, pudo someterse a los marinos de Kronstadt (la misma guarnición militar que había defendido con éxito Petrogrado en contra de los ataques del zarismo). Hacia 1922 el comunismo se había afirmado. Este Lenin victorioso pudo dar forma a un nuevo estado: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Despejada la emergencia, parecía haber llegado el momento para rescatar el espíritu inicial de la revolución: la instauración de un régimen en que los trabajadores y los campesinos aportaran la fuerza a un régimen menos coercitivo. Los bolcheviques, sin embargo, terminaron haciendo todo lo contrario y acabaron prolongando el régimen dictatorial anterior, bajo otras formas: se mantuvo, al final, todo lo que era odiado del régimen anterior (militarismo, burocratismo, policía política, autoritarismo, etc).

Hay toda una paradoja detrás de esto, que tenemos que analizar: en lugar de acabar con la constitución de un estado verdaderamente proletario, dominado por los trabajadores (popular y participativo, que socialice el poder entre la gente corriente, en las ciudades, quizás también en el campo), se estableció una dictadura de partido, similar a lo anterior, en un país en que había, además, muy pocos comunistas (y también muy pocos proletarios, porque casi todos los que habían murieron en la guerra, dejando un país casi completamente de campesinos).

La centralización política exigió algo mucho más decidido que dejar fuera del gobierno proletario a los proletarios.

Para evitar que los contendores desestabilizaran al régimen, en un momento tan delicado, Trotsky, mano derecha de Lenin, organizó el “Ejercito Rojo”. Surgió también una poderosa policía política, la Cheka, sucedida más tarde por la KGB. Comenzó entonces el llamado “Terror Rojo”: una represión muy rusa, de un barbarismo incalculable, que perpetró asesinatos en una escala comparable a la de los nazis: durante las guerras civiles que se dieron entre 1918 y 1921 perdieron la vida casi 9 millones de seres humanos, muchos de ellos asesinados por los agentes del estado.

Luego de eso desapareció la burguesía y la clase media. Por supresión física. Cuando hubo sobrevivientes, éstos se fueron al exilio o se proletarizaron con gusto (dejaron sus negocios, su vida, para salvar su vida, convertidos en trabajadores...).

Los asesinatos políticos, que comenzaron a ser conocidos como “purgas”, no pararon nunca. A poco, la propia vanguardia comenzó a sufrir importantes bajas.... el costo de oponerse a la voluntad de los bolcheviques era tan alto qua ya no va a haber ni enemigos de la revolución, ni disidencia interna.

El “comunismo de guerra” no permitió que los obreros y los campesinos tuvieran ninguna participación en la política o en la sociedad. Se le impuso al trabajador una disciplina estricta. Los partidos de izquierda fueron suprimidos, los sindicatos fueron completamente controlados.... Esto se entendía muy bien, por otra parte, tomando en cuenta un dato super importante: en la Rusia pre-revolucionaria no había industrias, por lo tanto tampoco había trabajadores; solo había campesinos; ¿cuándo nace la clase trabajadora, sustento del régimen?: después de la revolución, por efecto de los avances de la industria empujada por el propio partido. Los trabajadores son subproductos del estatismo, más que la causa de la naturaleza de éste. Se trata, por lo mismo, de verdaderos ‘funcionarios’ del régimen, más que de un grupo social interesante como el que imaginaba Marx.

¿Y el auténtico espíritu revolucionario del trabajador, el verdadero sentido de cualquier apuesta izquierdista?. Nada de izquierdismo en el socialismo. El izquierdismo, proclamó Lenin, ante la mirada estupefacta de muchos, era nada más que la “enfermedad infantil del comunismo”.

Este libro de Lenin, del cual voy a reproducir algunas páginas, es una verdadera biblia de las paradojas que conviene revisar.





I - EN QUE SENTIDO SE PUEDE HABLAR DE LA SIGNIFICACION INTERNACIONAL DE LA REVOLUCION RUSA?

En los primeros meses que siguieron a la conquista del Poder político por el proletariado en Rusia (25. X.-7. XI. 1917), podía parecer que, a consecuencia de las enormes diferencias existentes entre la Rusia atrasada y los países avanzados de la Europa occidental, la revolución del proletariado en estos últimos se parecería muy poco a la nuestra. En la actualidad contamos ya con una experiencia internacional más que regular, que demuestra con absoluta claridad que algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución tienen una significación no solamente local, particularmente nacional, rusa, sino también internacional. Y hablo de la significación internacional no en el sentido amplio de la palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales, y muchos secundarios, de nuestra revolución, los que tienen una significación internacional, desde el punto de vista de la influencia de dicha revolución sobre todos los países. No, hablo en el sentido más estrecho de la palabra, es decir, entendiendo por significación internacional su importancia internacional o la inevitabilidad histórica de la repetición en escala internacional de lo que ocurrió en nuestro país, esta significación debe ser reconocida en algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución.

Naturalmente, sería un tremendo error exagerar esta verdad extendiéndola más allá de algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución. Asimismo, sería un error perder de vista que después de la victoria de la revolución proletaria, aunque no sea más que en uno de los países avanzados, se producirá seguramente un cambio radical, es decir: Rusia será, poco después de esto, no un país modelo, sino de nuevo un país atrasado (en el sentido "soviético" y socialista).

Pero en este momento histórico se trata precisamente de que el ejemplo ruso muestra a todos los países algo, y algo muy sustancial, de su futuro próximo e inevitable. Los obreros avanzados de todos los países hace ya tiempo que lo han comprendido y, más que comprenderlo, lo han percibido, lo han sentido con su instinto revolucionario de clase.

De aquí la "significación" internacional (en el sentido estrecho de la palabra) del Poder soviético y de los fundamentos de la teoría y de la táctica bolchevique. Esto no lo han comprendido los jefes "revolucionarios" de la II Internacional, como Kautsky en Alemania, Otto Bauer y Federico Adler en Austria, que se convirtieron por esto en reaccionarios, en defensores del peor de los oportunismos y de la social-traición. Digamos de paso que el folleto-anónimo "La Revolución Mundial" ["Weltrevolution"], aparecido en 1919 en Viena (Sozialistische Bucherei, Heft 11; Ignaz Brand[2]) muestra con una elocuencia particular toda la contextura ideológica y todo el circulo de ideas, más exactamente, todo el abismo de incomprensión, pedanteria, vileza y traición a los intereses de la clase obrera, sazonado, además, con la "defensa" de la idea de la "revolución mundial".

Pero nos detendremos detalladamente en este folleto en otra ocasión. Consignemos aquí únicamente lo siguiente: en los tiempos, ya bien lejanos, en que Kautsky era todavía un marxista y no un renegado, al examinar la cuestión como historiador, preveía la posibilidad del advenimiento de una situación, como consecuencia de la cual el revolucionarismo del proletariado ruso se convertiría en un modelo para la Europa occidental. Esto era en 1902, cuando Kautsky escribió en la "Iskra" revolucionaria el artículo "Los eslavos y la revolución". He aquí lo que decía en este artículo:

"En la actualidad" (al contrario que en 1848) "se puede creer que no sólo se han incorporado los eslavos a las filas de los pueblos revolucionarios, sino que el centro de gravedad del pensamiento y de la obra revolucionarios se desplaza cada día más hacia los eslavos. El centro revolucionario va desplazándose del Occidente al Oriente. En la primera mitad del siglo XIX se hallaba en Francia, en algunos momentos en Inglaterra En 1848, Alemania entró en las filas de las naciones revolucionarias. . . El nuevo siglo empieza con acontecimientos que sugieren la idea de que nos hallamos en presencia de un nuevo desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su traslado a Rusia. . . Rusia, que se ha asimilado tanta iniciativa revolucionaria de Occidente, es posible que en la actualidad se halle presta, ella misma, a servir de fuente de energía revolucionaria para este último. El movimiento revolucionario ruso, cacla día más encendido, resultará acaso el medio más poderoso para sacudir ese espíritu de filisteísmo fofo y de politiquería moderada que empieza a difundirse en nuestras filais y hará surgir de nuevo la llama viva del anhelo de lucha y de fidelidad apasionada a nuestros grandes ideales. Rusia hace ya tiempo que ha dejado de ser, para la Europa occidental, un simple reducto de la reacción y del absolutismo. En la actualidad, ocurre quizás todo lo contrario. La Europa occidental se convierte en el reducto de la reacción y del absolutismo de Rusia. . . Los revolucionarios rusos, es posible, se hubieran librado hace ya mucho tiempo del zar, si no tuviesen que luchar al mismo tiempo contra el aliado de este último, el capital europeo. Esperemos que esta vez conseguirán librarse de ambos enemigos y que la nueva "santa alianza" se derrumbará más pronto aún que sus predecesoras. Pero sea cual fuere el resultado de la lucha actual en Rusia, la sangre y los sufrimientos de los mártires, que esta lucha engendra por desgracia más de lo necesario, no serán vanos, sino que fertilizarán el terreno para la revolución social en todo el mundo civilizado e impulsarán de un modo más esplendoroso y rápido su florecimiento. En 1848, eran los eslavos helada horrible que mataba las flores de la primavera popular. Es posible que ahora estén llamados a ser la tormenta que romperá el hielo de la reacción y que traerá irresistiblemente consigo una nueva y feliz primavera para los pueblos" (C. Kautsky, "Los eslavos y la revolución", artículo en la "Iskra", periódico revolucionario de la socialdemocracia rusa, núm. 18, 10 de marzo de 1902).

¡No escribía mal Carlos Kautsky hace 18 años!



II - UNA DE LAS CONDICIONES FUNDAMENTALES DEL EXITO DE LOS BOLCHEVIQUES

Seguramente que hoy casi todo el mundo ve ya que los bolcheviques no se hubieran mantenido en el Poder, no dos años y medio, sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina severísima, verdaderamente férrea, dentro de nuestro Partido, sin el apoyo más completo y abnegado prestado a éste por toda la masa de la clase obrera, esto es, por todo lo que ella tiene de consciente, honrado, abnegado, influyente y capaz de conducir consigo o de atraerse a las capas atrasadas.

La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se halla decuplicada por su derrocamiento (aunque no sea más que en un solo país) y cuya potencia consiste, no sólo en la fuerza del capital internacional, en la fuerza y la solidez de las rela ciones internacionales de la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Pues, por desgracia, ha quedado todavía en el mundo mucha y mucha pequeña producción y ésta engendra al capitalismo y a la burguesía constantemente, cada día, cada hora, por un proceso espontáneo y en masa. Por todos estos motivos, la dictadura del proletariado es necesaria, y la victoria sobre la burguesía es imposible sin una lucha prolongada, tenaz, desesperada, a muerte, una lucha que exige serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y una voluntad única.

Lo repito, la experiencia de la dictadura triunfante del proletariado en Rusia ha mostrado de un modo palpable al que no sabe pensar o al que no ha tenido la ocasion de reflexionar sobre esta cuestión, que la centralización incondicional y la disciplina más severa del proletariado constituyen una de las condiciones fundamentales de la victoria sobre la burguesía.

De esto se habla a menudo. Pero no se reflexiona suficientemente sobre lo que esto significa, en qué condiciones es posible ¿No convendría que las salutaciones entusiastas al Poder de los Soviets y a los bolcheviques se vieran acompañadas con más frecuencia de un análisis serio de las causas que han permitido a los bolcheviques forjar la disciplina necesaria para el proletariado revolucionario?

El bolchevismo existe, como corriente del pensamiento político y como partido político, desde 1903. Sólo la historia del bolchevismo, en todo el periodo de su existencia, puede explicar de un modo satisfactorio por qué el bolchevismo pudo forjar y mantener, en las condiciones más difíciles, la disciplina férrea necesaria para la victoria del proletariado.

La primera pregunta que surge es la siguiente: ¿cómo se mantiene la disciplina del partido revolucionario del proletariado? ¿Cómo se controla? ¿Cómo se refuerza? Primero por la conciencia de la vanguardia proletaria y por su fidelidad a la revolución, por su firmeza, por su espíritu de sacrificio, por su heroísmo. Segundo, por su capacidad de vincularse, aproximarse y hasta cierto punto, si queréis, fundirse con las más grandes masas trabajadoras, en primer término con la masa proletaria, pero también con la masa trabajadora no protetaria. Tercero, por lo acertado de la dirección política que lleva a cabo esta vanguardia; por lo acertado de su estrategia y de su táctica políticas, a condición de que las masas más extensas se convenzan de ello por experiencia propia. Sin estas condiciones, no es posible la disciplina en un partido revolucionario, verdaderamente apto para ser el partido de la clase avanzada, llamada a derrocar a la burguesía y a transformar toda la sociedad. Sin estas condiciones, los intentos de implantar una disciplina se convierten, inevitablemente, en una ficción, en una frase, en gestos grotescos. Pero, por otra parte, estas condiciones no pueden brotar de golpe. Van formándose solamente á través de una labor prolongada, a través de una dura experiencia; su formación se facilita a través de una acertada teoría revolucionaria, que, a su vez, no es ningún dogma, sino que sólo se forma definitivamente en estrecha relación con la práctica de un movimiento que sea verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario.

Si el bolchevismo pudo elaborar y llevar a la práctica con éxito en los años 1917-1920, en condiciones de una gravedad inaudita, la centralización más severa y una disciplina férrea, se debe sencillamente a una serie de particularidades históricas de Rusia.

De una parte, el bolchevismo surgió en 1903, sobre la más sólida base de la teoría del marxismo. Y que esta teoría revolucionaria es justa -- y que es la única justa -- ha sido demostrado, no sólo por la experiencia internacional de todo el siglo XIX, sino también, en particular, por la experiencia de las desviaciones, los titubeos, los errores y los desengaños del pensamiento revolucionario en Rusia. En el transcurso de casi medio siglo, aproximadamente de 1840 a 1890, el pensamiento avanzado en Rusia, bajo el yugo del despotismo inaudito del zarismo salvaje y reaccionario, buscaba ávidamente una teoría revolucionaria justa, siguiendo con un celo y una atención admirables cada "última palabra" de Europa y América en este terreno. Rusia hizo suya la única teoría revolucionaria justa, el marxismo, en medio siglo de torturas y de sacrificios inauditos, de heroísmo revolucionario nunca visto, de energía increíble y de investigadón abnegada, de estudio, de experimentación en la práctica, de desengaños, de comprobación, de comparación con la experiencia de Europa. Gracias a la emigración provocada por el zarismo, la Ru6ia revolucionaria de la segunda mitad del siglo XIX contaba con una riqueza de relaciones internacionales, con un conocimiento tan excelente de todas las formas y teorías del movimiento revolucionario mundial como ningún otro país del mundo.

De otra parte, el bolchevismo, surgido sobre esta base teórica granítica, tuvo una historia práctica de quince años (1903-1917) que, por la riqueza de la experiencia que representa, no puede ser comparada a ninguna otra en el mundo. Pues ningún país, en el transcurso de estos quince años, pasó ni aproximadamente por una experiencia revolucionaria tan Aca, por una rapidez y una variedad tales de la sucesión de las distintas formas del movimiento, legal e ilegal, pacífico y tormentoso, clandestino y abierto, de propaganda en los círculos y de propaganda entre las masas, parlamentario y terrorista En ningún país estuvo concentrada en un período de tiempo tan breve una tal riqueza de formas, de matices, de métodos de lucha de todas las clases de la sociedad con temporánea, lucha que, además, como consecuencia del atraso del país y del peso del yugo del zarismo, maduraba con particular rapidez y asimilaba con particular avidez y eficacia la "última palabra" correspondiente de la experiencia política americana y europea.



III - LAS PRINCIPALES ETAPAS EN LA HISTORIA DEL BOLCHEVISMO


Años de preparación de la revolución (1903-1905). Presagios de gran tormenta por todas partes, fermentación y preparación en todas las clases. En el extranjero, la prensa de la emigración plantea teóricamente todas las cuestiones esenciales de la revolución. Los representantes de las tres clases fundamentales, de las tres tendencias políticas prin cipales: la liberal-burguesa, la democrático-pequeñoburguesa (cubierta bajo la etiqueta de las corrientes "socialdernócrata" y "socialrevolucionaria") y la proletaria revolucionaria, mediante una lucha encarnizada de concepciones programáticas y tácticas, anuncian y preparan la futura lucha abierta de clases. Todas las cuestiones por las cuales las masas tomaron las armas en 1905-1907 y en 1917-1920, pueden (y deben) verse, en forma embrionaria, en la prensa de aquella época. Naturalmente, entre estas tres tendencias principales hay todas las formaciones intermedias, transitorias, híbridas, que se quiera. Más exactamente: en la lucha entre los órganos de prensa, los partidos, las fracciones, los grupos, van cristalizándose las tendencias ideológicas y políticas realmente de clase; las clases se forjan un arma ideológico-política adecuada para los combates futuros.

Años de revolución (1905-1907). Todas las clases entran abiertamente en acción. Todas las concepciones programáticas y tácticas son comprobadas por medio de la acción de las masas. Lucha huelguística nunca vista en el mundo, por su amplitud y su carácter agudo. Transformación de la huelga económica en política y de la huelga política en insurrección. Comprobación práctica de las relaciones existentes entre el proletariado dirigente y los campesinos dirigidos, vacilantes, dudosos. Nacimiento, en el desarrollo espontáneo de la lucha, de la forma soviética de organización. Los debates de aquel entonces sobre el papel de los Soviets son una anticipación de la gran lucha de 1917-1920. La sucesión de los métodos de lucha parlamentarios y no parlamentarios, de la táctica de boicot del parlamento y de participación en el mismo, de las formas legales e ilegales de lucha, así como sus relaciones recíprocas y los vínculos existentes entre ellos, todo esto se distingue por una asombrosa riqueza de contenido. Cada mes de este período vale, desde el punto de vista del aprendizaje de los fundamentos de la ciencia política -- para las masas y los jefes, para las clases y los partidos --, por un año de desenvolvimiento "pacífico" y "constitucional". Sin el "ensayo general" de 1905, la victoria de la Revolución de Octubre en 1917 hubiera sido imposible.

Años de reacción (1907-1910). El zarismo ha triunfado. Han sido aplastados todos los partidos revolucionarios y de oposición. Desaliento, desmoralización, escisiones, dispersión, traiciones, pornografía en vez de política. Reforzamiento de las tendencias al idealismo filosófico; misticismo, como disfraz de un estado de espíritu contrarrevolucionario. Pero al mismo tiempo esta gran derrota da a los partidos revolucionarios y a la clase revolucionaria una verdadera lección sumamente saludable, una lección de dialéctica histórica, una lección de inteligencia, de destreza y arte para conducir la lucha política. Los amigos se conocen en la desgracia. Los ejércitos derrotados se instruyen celosamente.

El zarismo victorioso se ve obligado a destruir precipitadamente los residuos del régimen de vida preburgués, patriarcal en Rusia. El desenvolvimiento burgués del país progresa con rapidez notable. Las ilusiones situadas al margen de las clases, por encima de ellas, ilusiones sobre la posibilidad de evitar el capitalismo, caen hechas polvo. Entra en escena la lucha de clases de un modo absolutamente nuevo y con mayor relieve.

Los partidos revolucionarios deben completar su instrucción Han aprendido a atacar. Ahora, deben comprender que esta ciencia tiene que estar completada por la de saber replegarse con el mayor acierto. Hay que comprender -- y la clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia y amarga experiencia -- que no se puede triunfar sin aprender a tomar la ofensiva y a llevar a cabo la retirada con acierto. De todos los partidos revolucionarios y de oposición derrotados, fueron los bolcheviques quienes retrocedieron con más orden, con menos quebranto de su "ejército"; con una conservación mejor de su núcleo central, con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización, con más capacidad para reanudar la acción de un modo más amplio, acertado y enérgico. Y si los bolcheviques obtuvieron este resultado, fue exclusivamente porque desenmascararon y expulsaron sin piedad a los revolucionarios de palabra, obstinados en no comprender que hay que retroceder, que hay que saber retroceder, que es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos más reaccionarios, en las organizaciones sindicales, en las cooperativas, en las mutualidades y otras organizaciones semejantes, por más reaccionarias que sean.

Años de ascenso (1910-1914). Al principio, el ascenso fue de una lentitud inverosímil; luego, después de los sucesos del Lena, en 1912, un poco más rápido. Venciendo dificultades enormes, los bolcheviques eliminaron a los mencheviques, cuyo papel, como agentes burgueses en el movimiento obrero, fue admirablemente comprendido por toda la burguesía después de 1905 y a los cuales, por este motivo, esta última sostenía de mil maneras contra los bolcheviques. Pero éstos no hubieran llegado nunca a semejante resultado, si no hubiesen aplicado una táctica acertada, combinando la actuación ilegal con la utilización obligatoria de las "posibilidades legales" En la más reaccionaria de las Dumas, los bolcheviques conquistaron toda la curia obrera.

Primera guerra imperialista mundial (1914-1917). El parlamentarismo legal, con un "parlamento" ultrarreaccionario, presta los más grandes servicios al partido del proletariado revolucionario, a los bolcheviques. Los diputados bolcheviques van a Siberia. En la prensa de la emigración hallan plena expresión todos los matices del socialimperialismo, del socialchovinismo, del socialpatriotismo, del internacionalismo inconsecuente y consecuente, del pacifismo y de la negación revolucionaria de las ilusiones pacifistas. Las eminencias estúpidas y los vejestorios de la II Internacional, que fruncían el ceño con desdén y soberbia ante la abundancia de "fracciones" del socialismo ruso y la lucha encarnizada de éstas entre sí, fueron incapaces, en el momento en que la guerra suprimió en todos los países adelantados la cacareada "legalidad", de organizar, aunque no fuera más que aproximadamente, un libre (ilegal) intercambio de ideas y una libre (ilegal) elaboración de concepciones justas, semejantes a las que los revolucionarios rusos organizaron en Suiza y otros países. Ha sido precisamente por esto por lo que los social- patriotas descarados y los "kautskistas" de todos los países han resultado los peores traidores del proletariado. Y si el bolchevismo pudo triunfar en 1917-1920, una de las causas fundamentales de semejante victoria se debe a que desde finales de 1914 desenmascaró sin piedad la villanía, la infamia, la abyección del socialchovinismo y del "kautskismo" (al cual corresponde el longuetismo[3] en Francia, las ideas de los jefes del Partido Obrero Independiente[4] y de los fabianos[5] en Inglaterra, de Turati en Italia, etc.) y a que las masas se han convencido más y más, por experiencia propia, de que las concepciones de los bolcheviques eran justas.

Segunda revolución rusa (febrero-octubre, 1917). El grado de decrepitud inverosímil y de caducidad del zarismo (con ayuda de los reveses y sufrimientos de una guerra infinitamente penosa) suscitaron contra él una fuerza extraordinaria de destrucción. En pocos días Rusia se vio convertida en una república democrático-burguesa más libre, en las condiciones de la guerra, que cualquier otro país del mundo. El gobierno fue constituido por los jefes de los partidos de oposición y revolucionarios, como en las repúblicas del más "puro parlamentarismo", pues el título de jefe de un partido de oposición en el parlamento, hasta en el más reaccionario, ha facilitado siempre el papel futuro de este jefe en la revolución.

En pocas semanas los mencheviques y los "socialrevolucionarios" se asimilaron perfectamente todos los procedimientos y modales, argumentos y sofismas de los héroes europeos de la II Internacional, de los ministerialistas y de toda la canalla oportunista. Todo lo que leemos hoy sobre los Scheidemann y Noske, sobre Kautsky y Hilferding, Renner y Austerlitz, Otto Bauer y Fritz Adler, Turati y Longuet, sobre los fabianos y los jefes del Partido Obrero Independiente de Inglaterra, todo nos parece (y lo es en realidad) una aburricla repetición de un motivo antiguo y conocido. Todo ello lo habíamos visto ya en los mencheviques. La historia les ha hecho una mala jugada, obligando a los oportunistas de un país atrasado a adelantarse a los oportunistas de una serie de países avanzados.

Si todos los héroes de la II Internacional han fracasado, si se han cubierto de oprobio en la cuestión de la función y la importancia de los Soviets y del Poder soviético, si se han cubierto de ignominia de un modo particularmente "relevante" y han incurrido en toda clase de contradicciones en esta cuestión los jefes de los tres grandes partidos que se han separado actualmente de la II Internacional (el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania[6], el Partido longuetista de Francia y el Partido Obrero Independiente de Inglaterra), si todos han resultado esclavos de los prejuicios de la democracia pequeñoburguesa (exactamente al modo de los pequeños burgueses de 1848, que se llamaban "socialdemócratas"), también es cierto que ya hemos visto todo esto en el ejemplo de los mencheviques. La historia ha hecho esta jugarreta: los Soviets nacieron en Rusia en 1905, fueron falsificados en febrero-octubre de 1917 por los mencheviques, quienes fracasaron por no haber comprendido su papel y su importancia, y hoy ha surgido en el mundo entero la idea del Poder soviético, idea que se extiende con rapidez inusitada entre el proletariado de todos los países, mientras fracasan en todas partes, a su vez, los viejos héroes de la II Internacional, por no haber sabido comprender, del mismo modo que nuestros mencheviques, el papel y la importancia de los Soviets. La experiencia ha demostrado que en algunas cuestiones esenciales de la revolución proletaria todos los países pasarán inevitablemente por lo mismo que ha pasado Rusia.

Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república parlamentaria (burguesa de hecho) y contra los mencheviques con suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, tan sencillamente como hoy piensan muchos en Europa y América. En el principio del período mencionado no incitamos a derribar el gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar previamente la composición y el estado de espíritu de los Soviets. No declaramos el boicot al parlamento burgués, a la Asamblea Constituyente, sino que dijimos, a partir de la Conferencia de nuestro Partido, celebrada en abril de 1917, dijimos oficialmente, en nombre del Partido, que una república burguesa, con una Asamblea Constituyente, era preferible a la misma república sin Constituyente, pero que la república "obrera y campesina" soviética es mejor que cualquier república democráticoburguesa, parlamentaria. Sin esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada, no hubiésemos podido alcanzar ni consolidar la victoria en octubre de 1917.



NOTAS

[1] El libro La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo fue escrito por Lenin en abril de 1920 y el Apéndice, el 12 de mayo del mismo año. Fue publicado el 8-10 de junio en ruso y, casi al mismo tiempo, en julio, en alemán, francés e inglés. Lenin controló personalmente los plazos de composición e impresión del libro, a fin de que apareciera antes de que iniciara sus labores el II Congreso de la Internacional Comunista. El libro fue distribuido entre todos los delegados al II Congreso. De julio a noviembre de 1920 fue reeditado en alemán en Leipzig, en francés en París y en inglés en Londres. En el manuscrito de La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo existe un subtítulo: "(Ensayo de charla popular acerca de la estrategia y la táctica marxistas)". En todas las ediciones del libro aparecidas en vida de Lenin este subtítulo fue suprimido. En la 4a edición de las Obras de V. I. Lenin, "La enfermedad infantil del 'izquierdismo' en el comunismo" se publica de acuerdo con la primera edición del libro, cuya corrección hizo Lenin.

[2] Biblioteca Socialista, opúsculo 11; Ignaz Brand.

[3] Longuetismo: corriente centrista en el Partido Socialista Francés, al frente de la cual figuraba Jean Longuet. Durante la Primera Guerra Mundial, los longuetistas mantuvieron una posición socialpacifista. Después del triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia se declararon de palabra partidarios de la dictadura del proletariado, pero, de hecho, eran enemigos suyos. Prosiguieron la política de reconciliación con los socialchovinistas y apoyaron el rapaz Tratado de Versalles. En diciembre de 1920, los longuetistas, junto con los reformistas descarados, se separaron del partido, se adhirieron a la llamada Internacional Segunda y media y, después de su desmoronamiento, volvieron a la II Internacional.

[4] El Partido Obrero Independiente de Inglaterra (Independent Labour Party) fue fundado en 1893. A su cabeza figuraban James Keir Hardie, R. MacDonald y otros. Aunque decía mantener su independencia política respecto a los partidos burgueses, en realidad, el Partido Obrero Independiente sólo era "independiente del socialismo, pero muy dependiente del liberalismo" (Lenin).

[5] Fabianos: miembros de la "Sociedad Fabiana", organización reformista inglesa y extremadamente oportunista, fundada en 1884 por un grupo de intelectuales burgueses de Inglaterra. La característica de los fabianos véase en los trabajos de V. I. Lenin: Prefacio a la traducción rusa de la "Correspondencia de J. F. Becker, J. Dietzgen, F. Engels, C. Marx y otros con F. A. Sorge y otros ", El programa agrario de la socialdemocracia en la revolución rusa, El pacifismo inglés y la fobia inglesa respecto a la teoría y otros.

[6] El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania : partido centrista fundado en abril de 1917. Se escindió en octubre de 1920 en su Congreso de Halle. Una parte considerable del partido se fusionó en diciembre del mismo año con el Partido Comunista de Alemania. Los elementos derechistas formaron un partido aparte, adoptando la vieja denominación de Partido Socialdemócrata Independiente. En 1922, los "independientes" volvieron a ingresar en el Partido Socialdemócrata Alemán.

[7] Espartaquistas: miembros de la "Liga Espartaco", que fue fundada en enero de 1916 durante la Primera Guerra Mundial bajo la dirección de C. Liebknecht, R. Luxemburgo, F. Mehring, C. Zetkin, etc. Los espartaquistas realizaron propaganda revolucionaria entre las masas contra la guerra imperialista, desenmascararon la política de conquistas del imperialismo alemán y la traición de los líderes de la socialdemocracia. Pero, los espartaquistas, izquierdistas alemanes no se desembarazaron de errores de semimencheviques en cuestiones teóricas y políticas de la mayor importancia. La crítica de los errores de los izquierdistas alemanes fue hecha por Lenin en sus trabajos Sobre el folleto de Junius, Sobre una caricatura de marxismo y sobre el " economismo imperialista ", y otros, y por Stalin en su obra Sobre algunas cuestiones de la historia del bolchevismo (Carta a la Redacción de la revista "Proletárskaia Revolutsia"). En abril de 1917 los espartaquistas se adhirieron al Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, centrista, conservando dentrode él su independencia orgánica. Después de la revolucion de noviembre de 1918 en Alemania, los espartaquistas rompieron con los "independientes" y en diciembre del mismo año fundaron el Partido Comunista de Alemania.

jueves, mayo 17, 2007

Democracia, revolución industrial y socialismo

Como aspiración, el socialismo tiene una geneología bien larga. Encontramos sus huellas implícitas en los proyectos filosóficos soñados por algunos filósofos la Grecia clásica, en las inspiraciones que movieron a los esclavos liderados por Espartaco a buscar un orden más justo, en el cristianismo comunitario primitivo, propio de esa época en que los cristianos levantaban su utopía en la clandestinidad, en ciertos movimientos campesinos medievales, en el proyecto integrador del Tahuantinsuyo, de los Incas, en utopías renacentistas como la de Tomás Moro. Precedentes remotos, que conectan con un vector valórico claro: la idea de que no es justo que muy pocos tengan tanto y tantas demasiado poco. No se trata solamente de una cuestión de igualdad económica. El socialismo alienta la vida enraizada en lo comunitario, porque en estos espacios societarios, propios del mundo anterior al capitalismo, se da una vida más hermanable, fraterna y humanitaria. En micro-sociedades con esas características no se observan esas diferencias odiosas que parecen propias del capitalismo y de la cultura individualista que este conlleva. ¿No será mejor proyectar un orden en que las personas vivan más integradamente, en comunidades hechas a escala humana, en que los recursos y las funciones se repartan de una manera más equitativa?.

Como ideología orgánica y como movimiento político, sin embargo, el socialismo es un fenómeno bastante reciente. Surgió en la década de 1830 Francia, como reacción frente a los efectos que estaban provocando las dos revoluciones individualistas que conoció Europa a fines del siglo XVIII.

Expliquemos esto.

Al hacer el balance de los cambios acaecidos en esta etapa en que Inglaterra vivió, ante los ojos de los europeos, los efectos de la democracia y el industrialismo, que se dan en forma coetánea, entre 1760 y 1840, aproximadamente, los resultados se vislumbran confusos, llenos de claro-obscuros.

El viejo orden fue destrozado en unas pocas décadas y, sobre sus cenizas, se comenzó a levantar uno enteramente nuevo, cuyo rostro nos resulta familiar, pues corresponde a la realidad que vivimos hoy, a los valores y pautas de organización social que nos rigen y en los que creemos.

Las principales transformaciones que trajo la nueva era se verificaron en los planos de la política y la economía. Son las más conocidas, las más visibles.

En el plano político los cambios fueron sencillamente espectaculares. En esta etapa comenzó a vivir una decadencia apurada la forma histórica, tradicional, de concebir las relaciones entre el poder y la sociedad civil. Sucedió lo increíble. La burguesía inglesa protagonizó una revolución de proyecciones impensadas, en el siglo XVII. Aquello que se presumía eterno, inamovible como una coordillera —la Monarquía—, se derrumbó de un día para otro. ¿Podía alguien suponer, a fines del siglo XVII o durante el siglo XVIII, que los reyes y principes dejarían de ser los grandes artífices de la política en el mundo? Esta perspectiva, que era impensada, se cumplió en forma inexorable: el proyecto burgués de los ingleses fue reproducido por los sectores progresistas de distintos países europeos, Europa que vivieron sus propias oleadas de “revoluciones burguesas”, que liquidaron las monarquías y dejaron instaladas, en la cúspide de los estados, una elite de hombres nuevos. Esta debacle afectó primero las monarquías de las naciones más avanzadas (en el momento en que los absolutismos habían logrado llevar esta forma de organización política a su expresión más elevada). Luego se propagó como la plaga, por distintos rincones del mundo, incluida, por ejemplo, latinoamérica.

Las democracias disolvieron las comunidades. En reemplazo de ellas crearon la ficción de una ciudadanía compuesta por individuos, a los que se endosó la soberanía. Esta revolución política, que deja el poder en manos de una nueva clase social (la burguesía) sembró la ilusión de que podía aspirarse, en la tierra, a un mundo un poco mejor que el que conocíamos. Estas esperanzas, sin embargo, pronto se vieron defraudadas, a medida que se comenzaron a sentir los efectos de una segunda revolución, iniciada en Inglaterra hacia la década de 1780.

Se trataba de la Revolución Industrial, que terremoteó los cimientos del mundo, arrastrándolo de manera inexorable al lado del capitalismo.

La mecanización de las tareas, la organización de largas cadenas, ampliaron varias veces el potencial económico de los ingleses. Durante el siglo XIX pasó algo similar con los belgas, holandeses, franceses o alemanes.

El auge de la industria fue tan avasallador que terminó arrastrando a todas las otras capas de las sociedades afectadas, en todos los ámbitos. Una verdadera revolución, que no es comparable con nada (salvo, quizás, con la revolución verde que tuvo lugar cuando los seres humanos lograron domesticar las plantas y fueron capaces de producir sus propios alimentos, cosa que ningún otro ser vivo parecía capaz de hacer).
El capitalismo estaba allí, dando vuelta las islas de los ingleses, y luego, cualquier rincón del planeta, permitiendo que experimentaramos a umbrales de desarrollo desconocidos. Nunca el mundo había conocido tantos progresos y tantas innovaciones científicas, tecnológicas, políticas, sociales, culturales y económicas. Pero, a la vez, nunca sectores sociales tan vastos habían sido condenados a vivir tantas miserias y descalabros.

Quiero hablar brevemente de estos daños colaterales, asociados a este proceso general de transformación....
El nuevo orden liberal despojó a los europeos de los medios tradicionales de subsistencia de que disponían en el mundo premoderno, conduciéndolos a la diáspora, forzándolos a abandonar sus terruños y a protagonizar el mayor proceso de traslado de grupos humanos que se conociera desde que el hombre abandonó la vida trashumante de los pueblos cazadores. Los pequeños agricultores, artesanos y empresarios populares de todos los tipos no pudieron competir con las empresas modernas, que usaban intensivamente el capital, que tenían acceso a buenos canales de distribución y a un crédito más barato. Quebraron en masa y debieron convertirse en obreros asalariados. Miles de miles de campesinos dejaron sus tierras agrícolas y se transformaron en obreros de las ciudades inglesas, como Manchester, la primera en ciudad netamente industrial. Estas ciudades inglesas, pequeños centros medievales, no estaban preparadas para enfrentar una urbanización rápida: no había servicios policiales, ni agua, ni servicios de alcantarillado, ni servicios de recolección de la basura.

En esos lugares escuetos, se instalaron fábricas que no tenían ningún resguardo medioambiental. Sus largas chimeneas lanzaban hollín sin restricción, ennegreciendo las paredes de las precarias viviendas instaladas en los barrios industriales con el espeso hollín del carbón. Esta capa que envenenaba los pulmones de los trabajadores era tan espesa que a veces lograba bloquear el paso de los rayos de sol.

Las viviendas de estos primeros trabajadores eran cuartos de una habitación, con paredes frágiles, donde tenía que apretujarse una familia que antes disfrutaba la amplitud de los campos. En realidad, eran viviendas para hombres solos, porque el salario obrero no alcanzaba para mantener más bocas. No era cosa de llegar e irse. Las poblaciones obreras eran custodiadas por una policía patronal, que era severa: podía torturar y matar sin restricción.

En esta etapa del industrialismo industrialismo inicial, sin legislación social, los turnos diarios alcanzaban normalmente las 14 horas o más, a veces semana corrida. Apenas había vacaciones. ¿Para ir a dónde? En estos campamentos no había más distracción que el alcohol y la prostitución.

El trabajo que se realizaba era alienante. Actividades mecánicas, rutinarias, que no exigían ninguna cualificación. Alienante también por el desarraigo. Los obreros de las barriadas industriales de Inglaterra venían de distintos lados. Eran una masa reunida muy rápido, que había tenido que romper lazos con las organizaciones sociales que antes los cobijaban y en las que sus vidas encontraban sentido —iglesia, comunidades, aldeas, etnias, gremios, etc.—. Habían tenido que romper con todo lo que podía ser significativo para un hombre o una mujer de principios del siglo XX. A cambio de eso, habían tenido que congregarse con cientos o miles de hombres hombres, mujeres y niños sueltos, que se hacinaban en las barriadas, sin nada sustantivo en común, sin ninguna organización, sin ningún tejido social más o menos amable que abrigara su abandono.

En la fábrica o la fundición, en el arrabal urbano o en el campamento minero, los recientes asalariados no contaban con ninguna protección. Habían desaparecido los mecanismos de asistencia y amparo que administraba la Iglesia en el antiguo orden; había desaparecido también la asistencia patronal paternalista al redefinirse el vínculo obrero/empresario en un sentido puramente contractual...

Esta vorágine de cambios no pudo ser absorbida y canalizada por el sistema político del burgués. La sociedad no logró adaptarse con la rapidez suficiente para asimilar las nuevas condiciones, corrigiendo los efectos y defectos que se evidenciaban en el camino. Las legislaciones no lograron ir al paso de los acelerados hechos sociales. No hubo, pues, en la primera etapa de la industrialización inicial, una legislación laboral que considerara y protegiera a los trabajadores de la volubilidad de sus empleadores, de su afán de lucro descarnado o de las cruentas condiciones de vida a que los condenaba un época de trastornos sin límites. Tampoco fue posible, hacer que estos nuevos pobres, devastados por los cambios, sintieran que estaban, pese a todo, caminando hacia un mundo mejor, un mundo que fuera suyo: las democracias europeas de estos años no lograron ampliar lo suficiente la cobertura del sufragio para que los trabajadores se sientieran parte del sistema.

Parecía como si a la burquesía liberal que presidía las naciones le importara muy poco lo que estaba suciediendo a las masas.

La percepción que se forman los sectores más conscientes de estas sociedades respecto a los defectos del modelo liberal va a generar posiciones críticas y una actitud favorable a su reemplazo. El nuevo orden burgués, pues, con su democracia, su nacionalismo y su laissez faire, no parecía deparar nada bueno a mucha gente.

¿Cómo se vía el mundo cuando se lo miraba desde la perspectiva de los que estaban viviendo la cara menos amable de la doble revolución liberal? Una verdadera pesadilla, un espanto sin nombre. Para cualquier que viviera en Europa, en las tres primeras décadas del siglo XIX. Pero también, quizás, como algo provisorio. ¿Quién podía pensar que las formas de vida que estaban llevando los precursores de todos los cambios –los ingleses–, anticipando lo que podía pasar en el resto de Europa, iban a ser algo duradero?. En la década de 1830 había muchos que auguraban un pronto colapso del capitalismo liberal. Habían pasado varias décadas en que las condiciones de vida de los trabajadores iban de mal en peor. Era poco sensato pensar que un modelo de transformación que generaba cosas tan horribles, pudiera resistir mucho tiempo.

Proliferaron, por lo mismo, las escatologías políticas de todos los colores. Todas ellas anticipando la superación de la democracia y el laissez faire, todas ellas ansiando el retorno a una vida más armónica, que rescatara lo comunitario, que rescatara los valores de siempre. ¿Quién podía pensar que el horror que todos veían realizado en la pesadilla inglesa iba muy pronto a terminar? ¿quién podía haber aventurado, entonces, que se iba a poner atajo a la caída en los salarios, que más pronto que tarde los beneficios del capitalismo y de la democracia comenzarían a alcanzar sectores mucho más amplios de la sociedad inglesa?. Hasta 1840 no había un solo antecedente que pareciera sugerirlo.

Entre los críticos del capitalismo encontramos un grupo pequeño, que interesa a la discusión que vamos a llevar: aquellos críticos que querían construir un mundo un poco mejor para este nuevo tipo de trabajador (muy distinto a los pobres de siempre, que vivían con limitaciones, pero sin ‘alienación’, sin total desarraigo).

¿Cómo llamarlo, para partir? No podía tratarselos a ellos como se trataba a los campesinos o a los artesanos, los trabajadores del viejo mundo agrario. Tampoco aplicaba la categoría de 'pobres'. ¿Pobres? Sin duda, pero de un nuevo tipo. Pobres atrapados en un horizonte de alienación como el descrito, en una prisión más infernal que las que había sido capaz de imaginar Dante.

Para referirse a ellos, comenzó a usarse la categoría de “proletarios”. Porque en estos hacinamientos deambulaban muchos niños harapientos, mucha prole.

Estos pobres del nuevo tipo necesitaban que los intelectuales construyeran teorías que los describieran y que ayudaran a liberarlos.

Se comenzó a llamar a este esfuerzo “socialismo”.

No hubo socialismo de un tipo, sino de muchos. Uno de ellos, sin embargo, logró salir de los sueños de los obreros, de las páginas de los libros, y se transformó en un proyecto histórico duradero, de amplias proyecciones en el periodo que nos interesa: 1945-1990. me refiero al proyecto de “socialismo científico” de Carlos Marx. Tema para una larga discusión.

domingo, mayo 13, 2007

Guerrillera

En este fragmento de "Guerrilla Girl", del realizador danés Frank P. Poulsen, podrán seguir con detalle el proceso de transformación de una jóven universitaria, parte de una familia de clase media, de cultura de izquierda, en una auténtica guerrillera. Fue grabado el 2003, luego de realizar prolongadas negociaciones con las FARC (que tomaron cerca de año y medio). Es un documento de gran valor historiográfico (ojo, que se trata de una fuente oficial). Recomiendo que se sumerjan en él. Sientan la fuerza de la geografía y la vitalidad de su compromiso. Esta ventanita privilegiada les permitirá conocer mucho mejor ese mundo caliente, que conocimos en los 60's y 70's, cuando estas formas tercermundistas de lucha amenazaban con derribar capitalismo de la faz del mundo.


miércoles, abril 25, 2007

La encrucijada tercermundista

¿Cómo enfrantar el desafío de organizar las naciones novatas que pueblan el escenario político mundial con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial? ¿cómo confrontar la precariedad de estos proyectos nacionales insolventes?. En todas partes del tercer mundo se dio más o menos la misma dinámica.

Algunas de estas naciones optaron por instalar democracias, basadas en el capitalismo, que imitaban a su contraparte europea. Pero esta fórmula no produjo resultados especialmente alentadores. La democracia liberal, con el modelo de desarrollo adjunto a ella, basado en economías abiertas que compiten libremente, aprovechando sus ventajas comparativas, perdió todo prestigio en el tercer mundo.

Había razones sobradas para este fenómeno, que fue tan general. La democracia ofrece un mecanismo magnífico para administrar el poder, para resolver el asunto de la sucesión y la alternancia, para resolver las tensiones que existen al interior de cada sociedad, para metabolizar todo tipo de conflictos sin que haya derramamiento de sangres, para movilizar las capacidades y las energías de las personas en forma creativa y proactiva, para distribuir de manera razonable (aunque no necesariamente equitativa) los recursos de la sociedad. Pero las democracias formales no funcionan en cualquier parte. Parecen necesitar que se den ciertas precondiciones. Entre ellas, una de las impajaritables, es la de la existencia de una mínima cultura ciudadana (que la gente sepa leer y escribir, que esté acostumbrada a moverse dentro de las reglas que fija el estado de derecho, etc.) y de un umbral mínimo de desarrollo productivo previo. Cuando un sistema político inspirado en los sistemas representativos occidentales se inserta en sociedades en que las demandas de los distintos actores exceden con mucho las capacidades económicas del sistema, se hace inevitable el estallido de presiones sociales, de procesos de movilización, y la crisis política también se hace inevitable.

Todos los ensayos de democracia que se hicieron en estos países recientemente independizados, excluido el caso indio, fracasaron estrepitosamente. Estos fracasos fueron sucedidos, casi siempre, los mismos cursos de acción: luego de probar con este modelo importado a la carrera los países tercermundistas siguieron con la vista puesta más hacia fuera que hacia adentro. El camino del fascismo y del populismo fue contemplado como solución por más de algún país, especialmente en latinoamerica. Pero sin la perseverancia necesaria y sin la convicción suficiente: ambos sistemas impulsaban transformaciones que atacaban algunos de los defectos de las democracias y del capitalismo, sin afectar la sustancia del sistema. Luego de probar estas soluciones que atacaban los síntomas de la enfermedad capitalista, pero no la enfermedad misma, en todas partes se intentó implantar el único modelo de desarrollo, alternativo al capitalista, que se había apuntado éxitos efectivos: el “socialismo real” de los soviéticos.

La URRS ofreció al tercer mundo el único modelo de un país atrasado que había logrado desarrollarse en el siglo XX (estamos hablando de mediados de ese siglo, cuando todavía no era evidente el extraordinario salto que dieron poco después los países asiáticos).

¿Pudieron las naciones tercermundistas salvarse estableciendo dictaduras desarrollistas de partido único que imitaran a los soviéticos?.

La verdad es que tampoco. Aunque las naciones que conformaban Unión Soviética eran atrasadas, agricolas, esa nación estaba cerca de Europa, tenía nucleos desarrolados, problemas y elementos, también, propios del desarrollo. Las naciones africanas, asiáticas o latinoamericanas eran incluso más subdesarrolladas que la subdesarrollada Rusia, que no tenía gran cosa, pero si lo suficiente para instalar una dictadura bárbara, que impone un socialismo de estado. ¿Cómo crear estas dictaduras de partido único en naciones que no tienen estado, ni partidos capaces de someter los particularismos? Las naciones del tercer mundo eran, muchas veces, engendros fisurados por problemas étnicos, por rivalidades regionales, incapaces de establecer dictaduras de partido único, que impulsaran desde el Estado un proyecto desarrollista. Lo que hicieron, entonces, fue aplicar adaptaciones propias del modelo del socialismo real, que reconocieran las características de cada una de esas sociedades (que dejaban pie, al final, muy poco del modelo original). Así fue en China, en Korea, en Cuba, etc.: proliferaron distintos tipos de socialismos, todos ellos referenciados al comunismo soviético, pero con acentos locales tan importantes como para que fuera imposible, muchas veces, reconocer la presencia de un tronco común (sobre el que quiero hacer algunos comentarios más adelante, cuando me dedique a discutir el tema de los “socialismos reales”).

¿Qué consecuencias había que sacar de los fallos que presentaban los “socialismos reales” aplicados por los asiáticos o los africanos?.

Quienes se agregaron al club del socialismo más tarde, en los 60’s y 70’s, poco antes de la caída del muro de Berlín, se preguntaban si había algo estructuralmente defectuoso en la receta de Marx. ¿Sería posible cimentar un régimen comunista que cumpliera con las esperanzas de latinoamericanos o africanos, que funcionara bien? ¿qué lineamientos había que dar a estas experiencias? ¿cómo aprender del camino recorrido, de los tropiezos vividos por todos los revolucionarios anteriores? No era la idea sacar capitalistas para instalar dictaduras militares barbáricas.

Hubo empeños de todos los calibres y tipos. Incluido el caso chileno, que aportó una reflexión bien interesante sobre el tema. ¿Cómo lograr superar el capitalismo sin que ese esfuerzo nos lleve al despotismo tercermundista?. Allende nos recuerda que la revolución necesita un umbral previo de condiciones, que no se dan casi nunca en estas partes australes del mundo. Para llegar al paraíso del comunismo, pasando por la posta intermedia del socialismo, recomienda un camino distinto al seguido por todos. Uno que comience realmente por el principio. El principio obligado está a la vista. Hay que comenzar por transformar, dentro del propio sistema, la economía y la sociedad. Luego de un largo proceso de transición, en un más adelante que no está definido, vendrá quizás la independencia soñada, la transformación revolucionaria de la política (que debe ser siempre lo último, y no lo primero, como han supuesto todos los revolucionarios tercer mundista). Llamó a este juicio de sensatez la “Vía chilena al socialismo”. Conozcamos sus propias palabras:


LA VÍA CHILENA AL SOCIALISMO. DISCURSO DE SALVADOR ALLENDE EN PRIMER MENSAJE AL CONGRESO PLENO, 21 DE MAYO DE 1971

La superación del capitalismo

Las circunstancias de Rusia en el año 1917 y de Chile en el presente son muy distintas. Sin embargo, el desafío histórico es semejante.

La Rusia del año 17 tomó las decisiones que más afectaron a la historia contemporánea. Allí se llegó a pensar que la Europa atrasada podría encontrarse delante de la Europa avanzada, que la primera revolución socialista no se daría, necesariamente, en las entrañas de las potencias industriales. Allí se aceptó el reto y se edificó una de las formas de construcción de la sociedad socialista que es la dictadura del proletariado.

Hoy nadie duda que, por esta vía, naciones con gran masa de población pueden, en períodos relativamente breves, romper con el atraso y ponerse a la altura de la civilización de nuestro tiempo. Los ejemplos de la URSS y de la República Popular China son elocuentes por sí mismos.

Como Rusia, entonces, Chile se encuentra ante la necesidad de iniciar una manera nueva de construir la sociedad socialista: la vía revolucionaria nuestra, la vía pluralista, anticipada por los clásicos del marxismo, pero jamás antes concretada. Los pensadores sociales han supuesto que los primeros en recorrerla serían naciones más desarrolladas, probablemente Italia y Francia, con sus poderosos partidos obreros de definición marxista.

Sin embargo, una vez más, la historia permite romper con el pasado y construir un nuevo modelo de sociedad, no sólo donde teóricamente era más previsible, sino donde se crearon condiciones concretas más favorables para su logro. Chile es hoy la primera nación de la Tierra llamada a conformar el segundo modelo de transición a la sociedad socialista..........

Nuestro camino hacia el socialismo

Cumplir estas aspiraciones supone un largo camino y enormes esfuerzos de todos los chilenos. Supone, además, como requisito previo fundamental, que podamos establecer los cauces institucionales de la nueva forma de ordenación socialista en pluralismo y libertad. La tarea es de complejidad extraordinaria porque no hay precedente en que podamos inspirarnos. Pisamos un camino nuevo; marchamos sin guía por un terreno desconocido; apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas -particularmente al humanismo marxista- y teniendo como norte el proyecto de la sociedad que deseamos, inspirada en los anhelos más hondamente enraizados en el pueblo chileno.

Científica y tecnológicamente hace tiempo que es posible crear sistemas productivos para asegurar, a todos, los bienes fundamentales que hoy sólo disfrutan las minorías. Las dificultades no están en la técnica y, en nuestro caso, por lo menos, tampoco residen en la carencia de recursos naturales o humanos. Lo que impide realizar los ideales es el modo de ordenación de la sociedad, es la naturaleza de los intereses que la rigieron hasta ahora, son los obstáculos con que se enfrentan las naciones dependientes. Sobre aquellas situaciones estructurales y sobre estas compulsiones institucionales debemos concentrar nuestra atención.

Lograr las libertades sociales

Nuestro camino es instaurar las libertades sociales mediante el ejercicio de las libertades políticas, lo que requiere como base establecer la igualdad económica. Este es el camino que el pueblo se ha trazado, porque reconoce que la transformación revolucionaria de un sistema social exige secuencias intermedias. Una revolución simplemente política puede consumarse en pocas semanas. Una revolución social y económica exige años. Los indispensables para penetrar en la conciencia de las masas. Para organizar las nuevas estructuras, hacerlas operantes y ajustarlas a las otras. Imaginar que se pueden saltar las fases intermedias es utópico. No es posible destruir una estructura social y económica, una institución social preexistente, sin antes haber desarrollado mínimamente la de reemplazo. Si no se reconoce esta exigencia natural del cambio histórico, la realidad se encargará de recordarla. Tenemos muy presente la enseñanza de las revoluciones triunfantes. La de aquellos pueblos que ante la presión extranjera y la guerra civil han tenido que acelerar la revolución social y económica para no caer en el despotismo sangriento de la contrarrevolución. Y que recién después, durante decenios, han tenido que organizar las estructuras necesarias para superar definitivamente el régimen anterior.

El camino que mi Gobierno ha trazado es consciente de estos hechos. Sabemos que cambiar el sistema capitalista respetando la legalidad, institucionalidad y libertades políticas, exige adecuar nuestra acción en lo económico, político y social a ciertos límites. Estos son perfectamente conocidos por todos los chilenos. Están señalados en el programa de Gobierno que se está cumpliendo inexorablemente, sin concesiones en el modo y la intensidad que hemos hecho saber de antemano.

viernes, abril 13, 2007

Un gran problema para el siglo XXI

El gran problema que confronta el siglo XXI es el siguiente: un 80% de la población mundial vive en países que son parte del llamado "tercer mundo". El dato no es Menor. Ocho de cada diez habitantes del mundo, hoy en día, es ciudadano (o súbdito) de naciones políticamente inseguras, que experimentan incrementos constantes de su población, a las cuales les falta la base económica que exige cualquier forma de convivencia sana. ¿Cómo enfrentar este problema? Lo primero que hay que hacer es comenzar, como siempre, tomar una conciencia crítica de el.

Catalicemos esa iniciación en el problema repasando puntos de vista que reflejan las ideas estandar sobre la materia. Voy a dar sustancia a esta discusión agregando algunos datos sobre la situación económico-social de Chile, que es ejemplarizadora de un cuadro mucho más general.


La descolonización afectó, en forma radical, el mapa político del planeta. Aquí hay dos datos cruciales: la magnitud del fenómeno y la velocidad con que se dio (velocidad completamente incompatible con cualquier resultado alentador).

En menos de dos décadas el mundo se llenó de países nuevecitos, que brotaban como callampas.

Estos países asiáticos, africanos, a los que se sumaron los latinoaméricanos (todos, salvo China, ex colonias de un poder colonial europeo), tenían muchas características en común: su fragilidad política, falta de infraestructura, debilidad o inexistencia de una elite conductora, de profesionales o técnicos, analfabetismo, etc.

Una de las características más acusadas de estas naciones nueva fue su extramada pobreza. Las naciones necesitan, como las familias, una base material para instalarse y para permanecer. Pues bien, estos países nuevos no tenían esa base. Estas economías agrícolas, eran casi todas, en condición mucho más deteriorada que la que habían tenido esos mismos países cuando eran colonias.

La mayor parte de ellas no tenían otro rubro económico distinto al que explotaban, cuando sus líderes nacionalistas las independizaron. No les quedó, por lo mismo, más alternativa que mantener las antiguas relaciones de subordinación que antes tenían con sus amos europeos, implantando democracias artificiales que a ellos les parecían obligadas y perpetuando sistemas económicos basados en la exportación de materias primas, en la depredación del medio ambiente y en una mano de obra barata.

Un conjunto de teóricos tercermundistas (los teóricos de la dependencia) han intentado identificar ciertos rasgos comunes que se dan en todas estas economías insolventes.

Discutámoslos.

Economías mono-exportadoras: Los países tercer mundistas no lograron diversificar sus economías. Como colonias se habían insertado en el capitalismo mundial como proveedoras de uno o dos productos primarios. Independientes, siguieron exactamente en lo mismo. En todos los casos estos países que dependían de un solo producto dependían también de un solo mercado, condicionado por los intereses extranjeros. Como todos estos países nuevos lanzaron al mundo sus materias primas, los precios de éstas comenzaron a caer.... Chile es un ejemplo. El cobre le reportaba un 75% de los ingresos por exportaciones. ¿Qué hacer ante una eventual caída de ese precio? No había nada que hacer. En realidad, estos precios cayeron en forma constante, para beneplácito de los poderes compradores. Sólo en un caso los países tercermundista lograron revertir esta tendencia: con el petróleo, luego de la OPEP.

Economía dependiente: Es peligroso que el país dependa de un solo producto, que está sometido a las fluctuaciones del mercado internacional. Es inconveniente, adicionalmente, sobretodo, cuando ese producto está en manos de extranjeros, como era siempre el caso. Los países dependientes de un solo amo europeo se hacen dependientes también de las tecnologías, formas de gestión y patrones de consumo de los amos post-coloniales: no producen para la realidad locar sino para el gusto de personas que viven fuera, que no tienen nada que ver con nosotros. Mala cosa, por que en casos como se produce una completa delegación en el interés extranjero de las políticas económicas. ¿Quién decide lo importante para un país latinoamericano y asiático? ¿sus autoridades, mirando la conveniencia del interés local, las necesidades de estos mercados, las necesidades de dar empleo a tal o cual sector, de generar tal o cual resultado para el país?. La verdad que no. Las verdaderas políticas públicas, en este ámbito, son tomadas en Nueva York o Londres, donde sea que se reuna el consejo directivo de la empresa, siempre dentro del mandato de una empresa: buscar los mejores réditos para los accionistas, no para los países.

Dependencia por partida doble, debido a la circunstancias en que se encuentra el sistema político mundial. Entre 1945 y 1989 las superpotencias obligan a los débiles a alinearse... sin una lealtad para los objetivos ideológicos y geopolíticos no es posible colocar en los mercados las materias primas, ni recibir créditos (ni armas)....

Economías concentradas: En la década de 1960 puede constarse una misma realidad para casi todas las naciones del tercer mundo. Estas economías presentaban una concentración elevadísima. Unos pocos empresarios nacionales, ligados a capitales foráneos, concentraban casi todos los activos financieros, todas las empresas industriales, todas los suelos agrícolas. Unos datos para ilustrar, tomados de la realidad de una nación estandar del tercer mundo, como lo era Chile. Un 17% de las industrias controlaban el 78% de todos los activos del país. La misma norma se cumple en todos los sectores: un 3% de las industrias controlaban cerca del 60% del capital, un 2% de los predios controlaban el 55% de las tierras, 3 empresas mineras norteamericanas controlaban el 60% de las exportaciones, 12 empresas dedicadas al comercio mayoristas contralaban el 44% de las ventas. Estas empresas tenían tal envergadura que eran capaces de ejercer un control monopólico sobre los distintos sectores. Eso les permitía evitar que nuevos competidores ingresaran al mercado, les permitía fijar los precios a su gusto, coludidos siempre con la burocracia estatal y con una elite política casi siempre corrupta (los empresarios de estas naciones lograban perpetuar el aprovechamiento de las facilidades que les ofrecían los nuevos estados, manifestadas en subsidios, araceles y créditos preferenciales, etc., gracias a sus vínculos con la elite local y con la clase política).

Economía basada en la mano de obra barata y en la depredación del medioambiente: La explotación de recursos primarios necesita una mano de obra poco refinada, forzosamente mal remunerada, para desenvolverse. Esto sucede incluso en el caso de países tercermundistas que abrazan el capitalismo, como China. Cómo lo único que interesa de esas economías son recursos naturales, la manera de competir unos con otros es ofreciendo ventajas comparativas del peor tipo: permitir a los capitalistas bajar los costos explotando los recursos sin los resguardos mediambientales y laborales que operan en su propio medio, en el primer mundo.

Economía oligárquica: El desarrollo de una economía exportadora dependiente casi obligaba a que la riqueza se concentrara, en estos países, de manera vergonzosa en una elite privilegiada, conectada de distintas maneras con las empresas monopólicas y dependientes. Quienes se movían (profesionales, políticos, funcionarios públicos, etc.) en la órbita de estos grandes intereses podían acumular enormes riquezas. Quienes estaban lejanos de esos intereses, no recibían nada. Por eso la distribución de la riqueza era tan mala en el país en los 60’s. De nuevo el ejemplo de Chile: mientras el 10% más pobre participaba en un 1,5% del ingreso total del país, el 10% más rico participaba con un 40,2%. La razón en el ingreso de ambos grupos, pues, era de 1 a 27.

El desarrollo de una economía exportadora dependiente casi obligaba a que la riqueza se concentrara de manera vergonzosa en una elite privilegiada, conectada de distintas maneras con las empresas monopólicas y dependientes. Quienes se movían (profesionales, políticos, funcionarios públicos, etc.) en la órbita de estos grandes intereses podían acumular enormes riquezas. Quienes estaban lejanos de esos intereses, no recibían nada. Por eso la distribución de la riqueza era tan mala en estos países en los 50’s y 60’s. El ejemplo de Chile: mientras el 10% más pobre participaba en un 1,5% del ingreso total del país, el 10% más rico participaba con un 40,2%. La razón que existía en el ingreso promedio de ambos grupos, pues, era de 1 a 27.

Esto era desastrozo para estas economías en formación (o muy recientes). En un país en que un grupo minúsculo es el único que cuenta con recursos para consumir, la industria, la empresa como todo, cuando intenta vender dentro (cuando no es una mera factoría dedicada al giro de la exportación) asume también un patrón productivo elitista: produce para satisfacer solamente esa demanda exigente y minúscula. Eso motiva la creación de una dualidad inconveniente. Esa empresa que vende a la elite, puede invertir en tecnología, sobre todo si se alimenta de capitales extranjeros. Pero aunque se trata de una empresa moderna, es una empresa ineficiente. Inevitable que sea así. Porque el volumen de producción dentro de un patrón elitista como el descrito tiene que ser muy bajo, dado el tamaño del mercado (a que obliga un elitismo en que son muy pocos los que consumen), lo que no permite las escalas adecuadas. Se puede ganar haciendo todo mal, desaprovechando los factores productivos. No sólo eso. Una industria de este tipo tiende a producir bienes no esenciales, bienes suntuarios, como los que demanda una elite. Los productos normales (y masivos) que necesita una sociedad saludable quedan fuera de los intereses de los sectores modernos de la industria. Para lo masivo, funciona otra industria. Aquella que no produce para la elite, sino para satisfacer la demanda de una mayoría muy pobre. Es una industria artesana, atrasada, sin capital, con nula tecnología, con trabajadores con bajísima calificación y remuneraciones miserables, sin profesionales, sin una correcta administración financiera. Que de ninguna manera “se la podría” para enfrentar una demanda mayor. La otra, elitista, pudo modernizarse, bien o mal. Esta, la artesanal, se quedó estancada.

Estas características conformaban un mismo todo. Se retroalimentaban. Una distribución desigual del ingreso, propia de una economía dependiente y concentrada, alienta la producción monopólica, junto con la producción elitista. Una economía monopolica y elitista es regresiva, estimula la distribución anormal de los ingresos. Todo ello favorece, por su parte, la concentración del poder y la transformación del estado en un instrumento que sirve los intereses de los poderosos más que los de la ciudadanía (un poder que se vuelve esclavo de los intereses). Se produce, pues, una interrelación peligrosa entre poder económico y poder político. Pues es en esta última instancia (la política) donde se juega la posibilidad de mantener y profundizar las estructuras concentradas, dependientes y oligárquicas (o de terminar con eso, vía elecciones o vía revolución).

Pero puede haber una forma muy sencilla de terminar con este círculo vicioso. Las mentes políticas más críticas del momento, vislumbraron esa posibilidad, casi siempre dentro de una misma fórmula. ¿Cómo zafar a estas sociedades de su destino? La sociedad civil, organizada, puede hacer poco para cambiar una realidad estructural tan seria. Sólo es posible hacerlo desde el Estado, por el camino de la política. Tomarselo para, desde allí, modificar la estructura de propiedad que permite este sistema y para reformar al estado que es instrumento del sistema. Nacionalizar los recursos, acabar con toda forma de imperialismo o dependencia, transformar la gran propiedad ineficiente en empresas medianas modernas, transferir a los sectores marginales poder de consumo.... Si la clase política se pone firme con esto, si se crea un patrón de demanda distinto (si se da mayor acceso al consumo a las masas), surgirá una nueva empresa, moderna, se estimulará de esta manera la producción de los bienes básicos que consume la gran mayoría.

Se terminará, entonces, con el despilfarro de recursos (usados de manera ineficiente en la producción de bienes no esenciales). Y vendrá, quizás, el desarrollo. Por una razón fundamental: el factor fundamental del subdesarrollo, piensan estos teóricos, es el predominio de una elite corrupta, entregada al extranjero y una estructura de propiedad de los factores productivos que está enferma (la gran propiedad, la gran empresa ineficiente). Si se termina con eso, podrá darse todo lo otro. Para llegar a ese resultado es obligatorio un paso inicial. El estado no podrá actuar como factor de transformación, si es que antes la sociedad crítica no se toma ese estado: por la elección o la revolución.

El diagnóstico se concretizó en agendas políticas que hicieron historia estos años (el diagnóstico todavía se muestra vivo en proyectos como el de Chavez que miran el mundo contemporáneo desde dentro de los códigos interpretativos que dominaban entre los 50's y 70's). ¿Resultados? Las nacionalizaciones y reformas agrarias, que son el pan de cada día en el periódo, provocaron sin duda la modernización en varios países tercermundistas, pero no lograron generar dinámicas más prolongadas y estables de cambio que dieran asiento a formas reales de desarrollo.

¿Razones? ¿estará en el carácter concentrado, monopólico, dependiente y elitista de estas economías nacientes el fundamento para las limitaciones visibles que constatamos a diario? Los intelectuales tercermundista que dieron vida a estas teorías estaban convencido de ello. Tenían, como siempre, una parte de la razón. Pero no toda. Hay motivos para suponer que el tema es mucho más complicado.

Revisemos esos motivos en clase.

miércoles, abril 04, 2007

Primer, segundo y tercer mundo

La Segunda Guerra Mundial es un hecho capital del siglo XX. Luego de esta experiencia la historia se aceleró en distintas direcciones, demarcando con claridad la diferencia entre un antes y un después, acaso como no había sucedido nunca hasta entonces con ningún hecho anterior (salvo, quizás, con revolución bolchevique de 1917).

La principal consecuencia de este extraño acto de inmolación colectiva perpetrado por los europeos, fue un redefinición definitiva de las relaciones de poder en el mundo. Europa había sido el centro indiscutido de poder entre el siglo XVI y el siglo XIX. Luego de esta masacre, dejó de serlo, para siempre. El europeo perdió el comercio que mantenía con la parte oriental del continente, que había sido capturada por el ejército rojo. Se quedó, a su vez, sin las riquezas que les deparaba el control de las materias primas, luego del desmoronamiento de los grandes imperios coloniales (tema descrito en otro post). Luego de todo esto, adquirieron primacía las dos superpotencias, que se repartieron el mundo a pedacitos, dando inicio a esa etapa particular que conocemos como la ‘Guerra Fría’.

La particular forma en que el bloque capitalista y el socialista, liderados por Estados Unidos y la URRS, vivieron su rivalidad coloreó el paísaje político, social y cultural de todo el mundo. Se llamó a esto la “Guerra Fría”.

Se trató de un guerra muy particular, porque nunca llegó a comprometer, de manera directa, a los principales contendores. Las relaciones tuvieron momentos muy complicados al principio. Stalin y Roosevelt habían logrado negociar los puntos más críticos en los dos últimos años del conflicto. Las superpotencias se repartieron el mundo completo. Cada una se reservó una zona de influencia. Las fronteras fueron dibujadas a mano.

En los primeros años de funcionamiento de este nuevo sistema hubo muchos conflictos, centrados en Europa. Unión Soviética había pasado a su órbita buena parte de europa del este: Hungría, Bulgaria, Polonia, Checoeslovaquia, Rumania, Letonia, Lituania, y parte de Alemania. Las potencias habían negociado el reparto de Europa entre 1943 y 1945. Pudo resolverse todo bien, salvo el destino de Austria y Alemania. Lo de Austria se resolvió con el retiro de las fuerzas de ambos lados. El país fue transformado en una segunda Suiza. El caso Alemán fue más complejo. Se acordó que las fronteras fueran definidas de acuerdo a los territorios efectivamente dominados por las respectivas fuerzas de ocupación. Como Berlín, en territorio soviético, había sido ocupado por los aliados, hubo que aceptar una partición extraña.

Una vez superados los conflictos en Berlín, que estuvieron a punto de provocar un enfrentamiento directa, las ambiciones de las superpotencias tendieron a apaciguarse. ¿Quién se animaría a aceptar cargar con el peso de la destrucción definitiva de todo el planeta?. Lo concreto es que en la parte más caliente de la frontera que separaba a los dos bloques (Europa), las fronteras se estabilizaron muy pronto y se impuso una larga etapa de paz allí. Paz basada en el fantasma de la destrucción total: en una paz basada en una carrera armamentista (armas nucleares).

Luego de que se estabilizaron las fronteras en el primer mundo. Sucedió lo propio con el segundo mundo (europa oriental), luego de que Stalin aplicara mano dura allí. Su severidad aplastó cualquier posible conflicto. La paz llegó, pues, a martillazos.

Esta paz y estabilidad, esta etapa maravillosa en que los países del norte gozaron de más tranquilidad de la que tuvieran nunca en su historia, permitió que las economías se recuperaran a rapidez increible. Luego que empezaran a crecer sin detenerse. El norte del mundo, incluida la URRS, luego Japón y unas cuántas ex-colonias asiáticas (como Corea, francesa, o Hong Kong, inglesa) dieran un salto cualitativo, superando la segunda etapa de la revolución industrial, en que prendía la industria pesada, e ingresando en una tercera etapa de la revolución industrial, centrada en la tecnología. Occidente avanzaba materialmente a mil por hora, como no lo había hecho nunca, bien protegida por sus gendarmes, con su capacidad nuclear.... mientras eso sucedía, como vamos a ver las antiguas zonas coloniales, que son el motivo de esta clase, sufrían la desarticulación de sus sistemas políticos y productivos, y comenzaban a experimentar formas de pobreza desconocidas hasta entonces.

Esas dos partes del mundo en paz. Pero faltaba la tercera parte. Allí no hubo paz. Hablamos del “tercer mundo”, aquella porción política del planeta que se conformó a medida que avanzaron los procesos de descolonización. Allí, en la parte más nueva del mundo, conformada por infinidad de naciones recién aparecidas que apenas lograban afirmarse, no hubo prosperidad, ni estabilidad, ni orden, ni progreso en ninguna forma. Menos todavía paz. Zona jóven de hambre, de guerras camufladas entre las superpotencias, de revoluciones y de incesantes golpes de estado de militares.... nueva zona caliente, que este curso quiere conocer.