viernes, abril 13, 2007

Un gran problema para el siglo XXI

El gran problema que confronta el siglo XXI es el siguiente: un 80% de la población mundial vive en países que son parte del llamado "tercer mundo". El dato no es Menor. Ocho de cada diez habitantes del mundo, hoy en día, es ciudadano (o súbdito) de naciones políticamente inseguras, que experimentan incrementos constantes de su población, a las cuales les falta la base económica que exige cualquier forma de convivencia sana. ¿Cómo enfrentar este problema? Lo primero que hay que hacer es comenzar, como siempre, tomar una conciencia crítica de el.

Catalicemos esa iniciación en el problema repasando puntos de vista que reflejan las ideas estandar sobre la materia. Voy a dar sustancia a esta discusión agregando algunos datos sobre la situación económico-social de Chile, que es ejemplarizadora de un cuadro mucho más general.


La descolonización afectó, en forma radical, el mapa político del planeta. Aquí hay dos datos cruciales: la magnitud del fenómeno y la velocidad con que se dio (velocidad completamente incompatible con cualquier resultado alentador).

En menos de dos décadas el mundo se llenó de países nuevecitos, que brotaban como callampas.

Estos países asiáticos, africanos, a los que se sumaron los latinoaméricanos (todos, salvo China, ex colonias de un poder colonial europeo), tenían muchas características en común: su fragilidad política, falta de infraestructura, debilidad o inexistencia de una elite conductora, de profesionales o técnicos, analfabetismo, etc.

Una de las características más acusadas de estas naciones nueva fue su extramada pobreza. Las naciones necesitan, como las familias, una base material para instalarse y para permanecer. Pues bien, estos países nuevos no tenían esa base. Estas economías agrícolas, eran casi todas, en condición mucho más deteriorada que la que habían tenido esos mismos países cuando eran colonias.

La mayor parte de ellas no tenían otro rubro económico distinto al que explotaban, cuando sus líderes nacionalistas las independizaron. No les quedó, por lo mismo, más alternativa que mantener las antiguas relaciones de subordinación que antes tenían con sus amos europeos, implantando democracias artificiales que a ellos les parecían obligadas y perpetuando sistemas económicos basados en la exportación de materias primas, en la depredación del medio ambiente y en una mano de obra barata.

Un conjunto de teóricos tercermundistas (los teóricos de la dependencia) han intentado identificar ciertos rasgos comunes que se dan en todas estas economías insolventes.

Discutámoslos.

Economías mono-exportadoras: Los países tercer mundistas no lograron diversificar sus economías. Como colonias se habían insertado en el capitalismo mundial como proveedoras de uno o dos productos primarios. Independientes, siguieron exactamente en lo mismo. En todos los casos estos países que dependían de un solo producto dependían también de un solo mercado, condicionado por los intereses extranjeros. Como todos estos países nuevos lanzaron al mundo sus materias primas, los precios de éstas comenzaron a caer.... Chile es un ejemplo. El cobre le reportaba un 75% de los ingresos por exportaciones. ¿Qué hacer ante una eventual caída de ese precio? No había nada que hacer. En realidad, estos precios cayeron en forma constante, para beneplácito de los poderes compradores. Sólo en un caso los países tercermundista lograron revertir esta tendencia: con el petróleo, luego de la OPEP.

Economía dependiente: Es peligroso que el país dependa de un solo producto, que está sometido a las fluctuaciones del mercado internacional. Es inconveniente, adicionalmente, sobretodo, cuando ese producto está en manos de extranjeros, como era siempre el caso. Los países dependientes de un solo amo europeo se hacen dependientes también de las tecnologías, formas de gestión y patrones de consumo de los amos post-coloniales: no producen para la realidad locar sino para el gusto de personas que viven fuera, que no tienen nada que ver con nosotros. Mala cosa, por que en casos como se produce una completa delegación en el interés extranjero de las políticas económicas. ¿Quién decide lo importante para un país latinoamericano y asiático? ¿sus autoridades, mirando la conveniencia del interés local, las necesidades de estos mercados, las necesidades de dar empleo a tal o cual sector, de generar tal o cual resultado para el país?. La verdad que no. Las verdaderas políticas públicas, en este ámbito, son tomadas en Nueva York o Londres, donde sea que se reuna el consejo directivo de la empresa, siempre dentro del mandato de una empresa: buscar los mejores réditos para los accionistas, no para los países.

Dependencia por partida doble, debido a la circunstancias en que se encuentra el sistema político mundial. Entre 1945 y 1989 las superpotencias obligan a los débiles a alinearse... sin una lealtad para los objetivos ideológicos y geopolíticos no es posible colocar en los mercados las materias primas, ni recibir créditos (ni armas)....

Economías concentradas: En la década de 1960 puede constarse una misma realidad para casi todas las naciones del tercer mundo. Estas economías presentaban una concentración elevadísima. Unos pocos empresarios nacionales, ligados a capitales foráneos, concentraban casi todos los activos financieros, todas las empresas industriales, todas los suelos agrícolas. Unos datos para ilustrar, tomados de la realidad de una nación estandar del tercer mundo, como lo era Chile. Un 17% de las industrias controlaban el 78% de todos los activos del país. La misma norma se cumple en todos los sectores: un 3% de las industrias controlaban cerca del 60% del capital, un 2% de los predios controlaban el 55% de las tierras, 3 empresas mineras norteamericanas controlaban el 60% de las exportaciones, 12 empresas dedicadas al comercio mayoristas contralaban el 44% de las ventas. Estas empresas tenían tal envergadura que eran capaces de ejercer un control monopólico sobre los distintos sectores. Eso les permitía evitar que nuevos competidores ingresaran al mercado, les permitía fijar los precios a su gusto, coludidos siempre con la burocracia estatal y con una elite política casi siempre corrupta (los empresarios de estas naciones lograban perpetuar el aprovechamiento de las facilidades que les ofrecían los nuevos estados, manifestadas en subsidios, araceles y créditos preferenciales, etc., gracias a sus vínculos con la elite local y con la clase política).

Economía basada en la mano de obra barata y en la depredación del medioambiente: La explotación de recursos primarios necesita una mano de obra poco refinada, forzosamente mal remunerada, para desenvolverse. Esto sucede incluso en el caso de países tercermundistas que abrazan el capitalismo, como China. Cómo lo único que interesa de esas economías son recursos naturales, la manera de competir unos con otros es ofreciendo ventajas comparativas del peor tipo: permitir a los capitalistas bajar los costos explotando los recursos sin los resguardos mediambientales y laborales que operan en su propio medio, en el primer mundo.

Economía oligárquica: El desarrollo de una economía exportadora dependiente casi obligaba a que la riqueza se concentrara, en estos países, de manera vergonzosa en una elite privilegiada, conectada de distintas maneras con las empresas monopólicas y dependientes. Quienes se movían (profesionales, políticos, funcionarios públicos, etc.) en la órbita de estos grandes intereses podían acumular enormes riquezas. Quienes estaban lejanos de esos intereses, no recibían nada. Por eso la distribución de la riqueza era tan mala en el país en los 60’s. De nuevo el ejemplo de Chile: mientras el 10% más pobre participaba en un 1,5% del ingreso total del país, el 10% más rico participaba con un 40,2%. La razón en el ingreso de ambos grupos, pues, era de 1 a 27.

El desarrollo de una economía exportadora dependiente casi obligaba a que la riqueza se concentrara de manera vergonzosa en una elite privilegiada, conectada de distintas maneras con las empresas monopólicas y dependientes. Quienes se movían (profesionales, políticos, funcionarios públicos, etc.) en la órbita de estos grandes intereses podían acumular enormes riquezas. Quienes estaban lejanos de esos intereses, no recibían nada. Por eso la distribución de la riqueza era tan mala en estos países en los 50’s y 60’s. El ejemplo de Chile: mientras el 10% más pobre participaba en un 1,5% del ingreso total del país, el 10% más rico participaba con un 40,2%. La razón que existía en el ingreso promedio de ambos grupos, pues, era de 1 a 27.

Esto era desastrozo para estas economías en formación (o muy recientes). En un país en que un grupo minúsculo es el único que cuenta con recursos para consumir, la industria, la empresa como todo, cuando intenta vender dentro (cuando no es una mera factoría dedicada al giro de la exportación) asume también un patrón productivo elitista: produce para satisfacer solamente esa demanda exigente y minúscula. Eso motiva la creación de una dualidad inconveniente. Esa empresa que vende a la elite, puede invertir en tecnología, sobre todo si se alimenta de capitales extranjeros. Pero aunque se trata de una empresa moderna, es una empresa ineficiente. Inevitable que sea así. Porque el volumen de producción dentro de un patrón elitista como el descrito tiene que ser muy bajo, dado el tamaño del mercado (a que obliga un elitismo en que son muy pocos los que consumen), lo que no permite las escalas adecuadas. Se puede ganar haciendo todo mal, desaprovechando los factores productivos. No sólo eso. Una industria de este tipo tiende a producir bienes no esenciales, bienes suntuarios, como los que demanda una elite. Los productos normales (y masivos) que necesita una sociedad saludable quedan fuera de los intereses de los sectores modernos de la industria. Para lo masivo, funciona otra industria. Aquella que no produce para la elite, sino para satisfacer la demanda de una mayoría muy pobre. Es una industria artesana, atrasada, sin capital, con nula tecnología, con trabajadores con bajísima calificación y remuneraciones miserables, sin profesionales, sin una correcta administración financiera. Que de ninguna manera “se la podría” para enfrentar una demanda mayor. La otra, elitista, pudo modernizarse, bien o mal. Esta, la artesanal, se quedó estancada.

Estas características conformaban un mismo todo. Se retroalimentaban. Una distribución desigual del ingreso, propia de una economía dependiente y concentrada, alienta la producción monopólica, junto con la producción elitista. Una economía monopolica y elitista es regresiva, estimula la distribución anormal de los ingresos. Todo ello favorece, por su parte, la concentración del poder y la transformación del estado en un instrumento que sirve los intereses de los poderosos más que los de la ciudadanía (un poder que se vuelve esclavo de los intereses). Se produce, pues, una interrelación peligrosa entre poder económico y poder político. Pues es en esta última instancia (la política) donde se juega la posibilidad de mantener y profundizar las estructuras concentradas, dependientes y oligárquicas (o de terminar con eso, vía elecciones o vía revolución).

Pero puede haber una forma muy sencilla de terminar con este círculo vicioso. Las mentes políticas más críticas del momento, vislumbraron esa posibilidad, casi siempre dentro de una misma fórmula. ¿Cómo zafar a estas sociedades de su destino? La sociedad civil, organizada, puede hacer poco para cambiar una realidad estructural tan seria. Sólo es posible hacerlo desde el Estado, por el camino de la política. Tomarselo para, desde allí, modificar la estructura de propiedad que permite este sistema y para reformar al estado que es instrumento del sistema. Nacionalizar los recursos, acabar con toda forma de imperialismo o dependencia, transformar la gran propiedad ineficiente en empresas medianas modernas, transferir a los sectores marginales poder de consumo.... Si la clase política se pone firme con esto, si se crea un patrón de demanda distinto (si se da mayor acceso al consumo a las masas), surgirá una nueva empresa, moderna, se estimulará de esta manera la producción de los bienes básicos que consume la gran mayoría.

Se terminará, entonces, con el despilfarro de recursos (usados de manera ineficiente en la producción de bienes no esenciales). Y vendrá, quizás, el desarrollo. Por una razón fundamental: el factor fundamental del subdesarrollo, piensan estos teóricos, es el predominio de una elite corrupta, entregada al extranjero y una estructura de propiedad de los factores productivos que está enferma (la gran propiedad, la gran empresa ineficiente). Si se termina con eso, podrá darse todo lo otro. Para llegar a ese resultado es obligatorio un paso inicial. El estado no podrá actuar como factor de transformación, si es que antes la sociedad crítica no se toma ese estado: por la elección o la revolución.

El diagnóstico se concretizó en agendas políticas que hicieron historia estos años (el diagnóstico todavía se muestra vivo en proyectos como el de Chavez que miran el mundo contemporáneo desde dentro de los códigos interpretativos que dominaban entre los 50's y 70's). ¿Resultados? Las nacionalizaciones y reformas agrarias, que son el pan de cada día en el periódo, provocaron sin duda la modernización en varios países tercermundistas, pero no lograron generar dinámicas más prolongadas y estables de cambio que dieran asiento a formas reales de desarrollo.

¿Razones? ¿estará en el carácter concentrado, monopólico, dependiente y elitista de estas economías nacientes el fundamento para las limitaciones visibles que constatamos a diario? Los intelectuales tercermundista que dieron vida a estas teorías estaban convencido de ello. Tenían, como siempre, una parte de la razón. Pero no toda. Hay motivos para suponer que el tema es mucho más complicado.

Revisemos esos motivos en clase.

miércoles, abril 04, 2007

Primer, segundo y tercer mundo

La Segunda Guerra Mundial es un hecho capital del siglo XX. Luego de esta experiencia la historia se aceleró en distintas direcciones, demarcando con claridad la diferencia entre un antes y un después, acaso como no había sucedido nunca hasta entonces con ningún hecho anterior (salvo, quizás, con revolución bolchevique de 1917).

La principal consecuencia de este extraño acto de inmolación colectiva perpetrado por los europeos, fue un redefinición definitiva de las relaciones de poder en el mundo. Europa había sido el centro indiscutido de poder entre el siglo XVI y el siglo XIX. Luego de esta masacre, dejó de serlo, para siempre. El europeo perdió el comercio que mantenía con la parte oriental del continente, que había sido capturada por el ejército rojo. Se quedó, a su vez, sin las riquezas que les deparaba el control de las materias primas, luego del desmoronamiento de los grandes imperios coloniales (tema descrito en otro post). Luego de todo esto, adquirieron primacía las dos superpotencias, que se repartieron el mundo a pedacitos, dando inicio a esa etapa particular que conocemos como la ‘Guerra Fría’.

La particular forma en que el bloque capitalista y el socialista, liderados por Estados Unidos y la URRS, vivieron su rivalidad coloreó el paísaje político, social y cultural de todo el mundo. Se llamó a esto la “Guerra Fría”.

Se trató de un guerra muy particular, porque nunca llegó a comprometer, de manera directa, a los principales contendores. Las relaciones tuvieron momentos muy complicados al principio. Stalin y Roosevelt habían logrado negociar los puntos más críticos en los dos últimos años del conflicto. Las superpotencias se repartieron el mundo completo. Cada una se reservó una zona de influencia. Las fronteras fueron dibujadas a mano.

En los primeros años de funcionamiento de este nuevo sistema hubo muchos conflictos, centrados en Europa. Unión Soviética había pasado a su órbita buena parte de europa del este: Hungría, Bulgaria, Polonia, Checoeslovaquia, Rumania, Letonia, Lituania, y parte de Alemania. Las potencias habían negociado el reparto de Europa entre 1943 y 1945. Pudo resolverse todo bien, salvo el destino de Austria y Alemania. Lo de Austria se resolvió con el retiro de las fuerzas de ambos lados. El país fue transformado en una segunda Suiza. El caso Alemán fue más complejo. Se acordó que las fronteras fueran definidas de acuerdo a los territorios efectivamente dominados por las respectivas fuerzas de ocupación. Como Berlín, en territorio soviético, había sido ocupado por los aliados, hubo que aceptar una partición extraña.

Una vez superados los conflictos en Berlín, que estuvieron a punto de provocar un enfrentamiento directa, las ambiciones de las superpotencias tendieron a apaciguarse. ¿Quién se animaría a aceptar cargar con el peso de la destrucción definitiva de todo el planeta?. Lo concreto es que en la parte más caliente de la frontera que separaba a los dos bloques (Europa), las fronteras se estabilizaron muy pronto y se impuso una larga etapa de paz allí. Paz basada en el fantasma de la destrucción total: en una paz basada en una carrera armamentista (armas nucleares).

Luego de que se estabilizaron las fronteras en el primer mundo. Sucedió lo propio con el segundo mundo (europa oriental), luego de que Stalin aplicara mano dura allí. Su severidad aplastó cualquier posible conflicto. La paz llegó, pues, a martillazos.

Esta paz y estabilidad, esta etapa maravillosa en que los países del norte gozaron de más tranquilidad de la que tuvieran nunca en su historia, permitió que las economías se recuperaran a rapidez increible. Luego que empezaran a crecer sin detenerse. El norte del mundo, incluida la URRS, luego Japón y unas cuántas ex-colonias asiáticas (como Corea, francesa, o Hong Kong, inglesa) dieran un salto cualitativo, superando la segunda etapa de la revolución industrial, en que prendía la industria pesada, e ingresando en una tercera etapa de la revolución industrial, centrada en la tecnología. Occidente avanzaba materialmente a mil por hora, como no lo había hecho nunca, bien protegida por sus gendarmes, con su capacidad nuclear.... mientras eso sucedía, como vamos a ver las antiguas zonas coloniales, que son el motivo de esta clase, sufrían la desarticulación de sus sistemas políticos y productivos, y comenzaban a experimentar formas de pobreza desconocidas hasta entonces.

Esas dos partes del mundo en paz. Pero faltaba la tercera parte. Allí no hubo paz. Hablamos del “tercer mundo”, aquella porción política del planeta que se conformó a medida que avanzaron los procesos de descolonización. Allí, en la parte más nueva del mundo, conformada por infinidad de naciones recién aparecidas que apenas lograban afirmarse, no hubo prosperidad, ni estabilidad, ni orden, ni progreso en ninguna forma. Menos todavía paz. Zona jóven de hambre, de guerras camufladas entre las superpotencias, de revoluciones y de incesantes golpes de estado de militares.... nueva zona caliente, que este curso quiere conocer.

jueves, marzo 22, 2007

"Política de contención" y Guerra Fría

En julio de 1947 el encargado de negocios en Moscú, George Kennan, publicó en la revista Foreign Affairs un largo telegrama, bajo el pseudónimo de “Mister X”. En este telegrama advertía que Estados Unidos no podía mantener un modus vivendi amistoso con Unión Soviética, basado en la cooperación, como había sido la intención de muchos al término de la Guerra Mundial. Stalin era una amenaza para el mundo. Su régimen no era uno más. El comunismo comportaba una forma de totalitarismo, que podía conspirar contra la posibilidad de la democracia en el mundo, contra el ideal de la libertad, contra el modo de vida que llevaba el propio americano. ¿Por qué? Pues porque Stalin estaba jugando sucio, pasando por encima del espíritu que había presidido el arreglo de Yalta (1945), alentando la afirmación de dictaduras de partido único en todo Europa oriental. No solo eso. La mancha comunista se estaba propagando por el mundo (Corea, Indochina, China y otros tantos países) generando focos de inestabilidad en todas partes, haciendo viable la intención de los teóricos comunistas, que querían usar las contradicciones internas de los propios países capitalistas para favorecer la revolución. Esto sucedía ante la mirada distante de las dirigencias 'progresistas' de Europa occidental, que dejaban al tirano avanzar sin oposición. ¿Qué debía hacer Estados Unidos?. No quedaba otra alternativa que el abandono de la tradicional política 'aislacionista', que resultaba tan cómoda para el americano medio. Los resultados de la guerra, la avasalladora marcha de su economía, habían transformado a esta nación en un actor de relevancia mundial. Había que asumir la importancia de esa posición, dinamizando la política exterior. Estados Unidos tenía que convertirse en el guardían de la democracia en el mundo, como contrapeso al expansionismo comunista. Esta intención no tenía que involucrar, en el concepto de Kennan, acciones militares declaradas. Eso era impensable, en el escenario tan complejo que pasaba el mundo (bombas nucleares incluidas). Lo que se necesitaba, más bien, era adoptar acciones indirectas que lograran “contener” a los rivales.

Los puntos de vistas de este diplomático marcaron tendencia. Poco después de la divulgación del contenido del telegrama, Estados Unidos puso a firme la llamada “Doctrina Truman”, que señala el inicio de la Guerra Fría. Estados Unidos mandó tropas y recursos a Grecia y Turquía, para frenar a Stalin. Las acciones militares fueron acompañadas por los dólares. El "Plan Marshall" inyectó miles de millones en Europa, lo mismo que en Japón y en todos los lugares definidos como estratégicos. Las economías beneficadas se apuntalaron, haciendo impensable el estallido de brotes comunistas. A partir de entonces cada espacio de influencia se transformó en el coto de dominio de alguna de las dos superpotencias. El mundo conoció el inicio de un tipo completamente novedoso de confrontación: de dos estados/continentes, dos grandes bloques, dos sistemas defensivos, dos zonas económicas, dos proyectos ideológicos, que obligaron a todos los países del orbe a alinearse.

Para comenzar a ver en perspectiva todo eso, dos recomendaciones: lean el texto del telegrama escrito por Kennan, reproducido en este mismo post; junto con eso, les receto una segunda novela de Philip Roth: "Me casé con un comunista". Esta novela retrata muy bien el clima que se vive en Estados Unidos cuando se instala la paronoia anti-comunista, que acompañó el proceso de transformación de este gigante dormido en el tipo de poder que hoy está desordenando el paisaje político en Medio Oriente.





The Long Telegram
George Kennan
Moscow, 22 February 1946


Answer to Dept’s 284, Feb. 3,11 involves questions so intricate, so delicate, so strange to our form of thought, and so important to analysis of our international environment that I cannot compress answers into single brief message without yielding to what I feel would be dangerous degree of oversimplification. I hope, therefore, Dept will bear with me if I submit in answer to this question five parts, subjects of which will be roughly as follows:

(1) Basic features of postwar Soviet outlook.

(2) Background of this outlook.

(3) Its projection in practical policy on official level.

(4) Its projection on unofficial level.

(5) Practical deductions from standpoint of US policy.

I apologize in advance for this burdening of telegraphic channel; but questions involved are of such urgent importance, particularly in view of recent events, that our answers to them, if they deserve attention at all, seem to me to deserve it at once. There follows:


Part 1: Basic Features of Postwar Soviet Outlook as Put Forward by Official Propaganda Machine, Are as Follows

(a) USSR still lives in antagonistic "capitalist encirclement" with which in the long run there can be no permanent peaceful coexistence. As stated by Stalin in 1927 to a delegation of American workers: "In course of further development of international revolution there will emerge two centers of world significance: a socialist center, drawing to itself the countries which tend toward socialism, and a capitalist center, drawing to itself the countries that incline toward capitalism. Battle between these two centers for command of world economy will decide fate of capitalism and of communism in entire world.

(b) Capitalist world is beset with internal conflicts, inherent in nature of capitalist society. These conflicts are insoluble by means of peaceful compromise. Greatest of them is that between England and US.

(c) Internal conflicts of capitalism inevitably generate wars. Wars thus generated may be of two kinds: intra-capitalist wars between two capitalist states and wars of intervention against socialist world. Smart capitalists, vainly seeking escape from inner conflicts of capitalism, incline toward latter.

(d) Intervention against USSR, while it would be disastrous to those who undertook it, would cause renewed delay in progress of Soviet socialism and must therefore be forestalled at all costs.

(e) Conflicts between capitalist states, though likewise fraught with danger for USSR, nevertheless hold out great possibilities for advancement of socialist cause, particularly if USSR remains militarily powerful, ideologically monolithic and faithful to its present brilliant leadership.

(f) It must be borne in mind that capitalist world is not all bad. In addition to hopelessly reactionary and bourgeois elements, it includes (1) certain wholly enlightened and positive elements united in acceptable communistic parties and (2) certain other elements (now described for tactical reasons as progressive or democratic) whose reactions, aspirations and activities happen to be "objectively" favorable to interests of USSR. These last must be encouraged and utilized for Soviet purposes.

(g) Among negative elements of bourgeois-capitalist society, most dangerous of all are those whom Lenin called false friends of the people, namely moderate-socialist or social-democratic leaders (in other words, non-Communist left-wing). These are more dangerous than out-and-out reactionaries, for latter at least march under their true colors, whereas moderate left-wing leaders confuse people by employing devices of socialism to serve interests of reactionary capital.

So much for premises. To what deductions do they lead from standpoint of Soviet policy? To following:

(a) Everything must be done to advance relative strength of USSR as factor in international society. Conversely, no opportunity must be missed to reduce strength and influence, collectively as well as individually, of capitalist powers.

(b) Soviet efforts, and those of Russia’s friends abroad, must be directed toward deepening and exploiting of differences and conflicts between capitalist powers. If these eventually deepen into an "imperialist" war, this war must be turned into revolutionary upheavals within the various capitalist countries.

(c) "Democratic-progressive" elements abroad are to be utilized to maximum to bring pressure to bear on capitalist governments along lines agreeable to Soviet interests.

(d) Relentless battle must be waged against socialist and social-democratic leaders abroad.



Part 2: Background of Outlook

Before examining ramifications of this party line in practice there are certain aspects of it to which I wish to draw attention.

First, it does not represent natural outlook of Russian people. Latter are, by and large, friendly to outside world, eager for experience of it, eager to measure against it talents they are conscious of possessing, eager above all to live in peace and enjoy fruits of their own labor. Party line only represents thesis which official propaganda machine puts forward with great skill and persistence to a public often remarkably resistant in the stronghold of its innermost thoughts. But party line is binding for outlook and conduct of people who make up apparatus of power--party, secret police and Government--and it is exclusively with these that we have to deal.

Second, please note that premises on which this party line is based are for most part simply not true. Experience has shown that peaceful and mutually profitable coexistence of capitalist and socialist states is entirely possible. Basic internal conflicts in advanced countries are no longer primarily those arising out of capitalist ownership of means of production, but are ones arising from advanced urbanism and industrialism as such, which Russia has thus far been spared not by socialism but only by her own backwardness. Internal rivalries of capitalism do not always generate wars; and not all wars are attributable to this cause. To speak of possibility of intervention against USSR today, after elimination of Germany and Japan and after example of recent war, is sheerest nonsense. If not provoked by forces of intolerance and subversion, "capitalist" world of today is quite capable of living at peace with itself and with Russia. Finally, no sane person has reason to doubt sincerity of moderate socialist leaders in Western countries. Nor is it fair to deny success of their efforts to improve conditions for working population whenever, as in Scandinavia, they have been given chance to show what they could do.

Falseness of these premises, every one of which predates recent war, was amply demonstrated by that conflict itself. Anglo-American differences did not turn out to be major differences of Western world. Capitalist countries, other than those of Axis, showed no disposition to solve their differences by joining in crusade against USSR. Instead of imperialist war turning into civil wars and revolution, USSR found itself obliged to fight side by side with capitalist powers for an avowed community of aims.

Nevertheless, all these theses, however baseless and disproven, are being boldly put forward again today. What does this indicate? It indicates that Soviet party line is not based on any objective analysis of situation beyond Russia’s borders; that it has, indeed, little to do with conditions outside of Russia; that it arises mainly from basic inner-Russian necessities which existed before recent war and exist today.

At bottom of Kremlin’s neurotic view of world affairs is traditional and instinctive Russian sense of insecurity. Originally, this was insecurity of a peaceful agricultural people trying to live on vast exposed plain in neighborhood of fierce nomadic peoples. To this was added, as Russia came into contact with economically advanced West, fear of more competent, more powerful, more highly organized societies in that area. But this latter type of insecurity was one which afflicted Russian rulers rather than Russian people; for Russian rulers have invariably sensed that their rule was relatively archaic in form, fragile and artificial in its psychological foundations, unable to stand comparison or contact with political systems of Western countries. For this reason they have always feared foreign penetration, feared direct contact between Western world and their own, feared what would happen if Russians learned truth about world without or if foreigners learned truth about world within. And they have learned to seek security only in patient but deadly struggle for total destruction of rival power, never in compacts and compromises with it.

It was no coincidence that Marxism, which had smouldered ineffectively for half a century in Western Europe, caught hold and blazed for the first time in Russia. Only in this land which had never known a friendly neighbor or indeed any tolerant equilibrium of separate powers, either internal or international, could a doctrine thrive which viewed economic conflicts of society as insoluble by peaceful means. After establishment of Bolshevist regime, Marxist dogma, rendered even more truculent and intolerant by Lenin’s interpretation, become a perfect vehicle for sense of insecurity with which Bolsheviks, even more than previous Russian rulers, were afflicted. In this dogma, with its basic altruism of purpose, they found justification for their instinctive fear of outside world, for the dictatorship without which they did not know how to rule, for cruelties they did not dare not to inflict, for sacrifices they felt bound to demand. In the name of Marxism they sacrificed every single ethical value in their methods and tactics. Today they cannot dispense with it. It is fig leaf of their moral and intellectual respectability. Without it they would stand before history, at best, as only the last of that long succession of cruel and wasteful Russian rulers who have relentlessly forced country on to ever new heights of military power in order to guarantee external security of their internally weak regimes. This is why Soviet purposes must always be solemnly clothed in trappings of Marxism, and why no one should underrate importance of dogma in Soviet affairs. Thus Soviet leaders are driven [by] necessities of their own past and present position to put forward a dogma which [apparent omission] outside world as evil, hostile and menacing, but as bearing within itself germs of creeping disease and destined to be wracked with growing internal convulsions until it is given final coup de grace by rising power of socialism and yields to new and better world. This thesis provides justification for that increase of military and police power of Russian state, for that isolation of Russian population from outside world, and for that fluid and constant pressure to extend limits of Russian police power which are together the natural and instinctive urges of Russian rulers. Basically this is only the steady advance of uneasy Russian nationalism, a centuries old movement in which conceptions of offense and defense are inextricably confused. But in new guise of international Marxism, with its honeyed promises to a desperate and war-torn outside world, it is more dangerous and insidious than ever before.

It should not be thought from above that Soviet party line is necessarily disingenuous and insincere on part of those who put it forward. Many of them are too ignorant of outside world and mentally too dependent to question [apparent omission] self-hypnotism, and who have no difficulty making themselves believe what they find it comforting and convenient to believe. Finally we have the unsolved mystery as to who, if anyone, in this great land actually receives accurate and unbiased information about outside world. In atmosphere of oriental secretiveness and conspiracy which pervades this Government, possibilities for distorting or poisoning sources and currents of information are infinite. The very disrespect of Russians for objective truth--indeed, their disbelief in its existence--leads them to view all stated facts as instruments for furtherance of one ulterior purpose or another. There is good reason to suspect that this Government is actually a conspiracy within a conspiracy; and I for one am reluctant to believe that Stalin himself receives anything like an objective picture of outside world. Here there is ample scope for the type of subtle intrigue at which Russians are past masters. Inability of foreign governments to place their case squarely before Russian policy makers--extent to which they are delivered up in their relations with Russia to good graces of obscure and unknown advisers whom they never see and cannot influence--this to my mind is most disquieting feature of diplomacy in Moscow, and one which Western statesmen would do well to keep in mind if they would understand nature of difficulties encountered here.



Part 3: Projection of Soviet Outlook in Practical Policy on Official Level

We have now seen nature and background of Soviet program. What may we expect by way of its practical implementation?

Soviet policy, as Department implies in its query under reference, is conducted on two planes: (1) official plane represented by actions undertaken officially in name of Soviet Government; and (2) subterranean plane of actions undertaken by agencies for which Soviet Government does not admit responsibility.

Policy promulgated on both planes will be calculated to serve basic policies (a) to (d) outlined in part 1. Actions taken on different planes will differ considerably, but will dovetail into each other in purpose, timing and effect.

On official plane we must look for following:

(a) Internal policy devoted to increasing in every way strength and prestige of Soviet state: intensive military-industrialization; maximum development of armed forces; great displays to impress outsiders; continued secretiveness about internal matters, designed to conceal weaknesses and to keep opponent in the dark.

(b) Wherever it is considered timely and promising, efforts will be made to advance official limits of Soviet power. For the moment, these efforts are restricted to certain neighboring points conceived of here as being of immediate strategic necessity, such as northern Iran, Turkey, possibly Bornholm. However, other points may at any time come into question, if and as concealed Soviet political power is extended to new areas. Thus a "friendly" Persian Government might be asked to grant Russia a port on Persian Gulf. Should Spain fall under Communist control, question of Soviet base at Gibraltar Strait might be activated. But such claims will appear on official level only when unofficial preparation is complete.

(c) Russians will participate officially in international organizations where they see opportunity of extending Soviet power or of inhibiting or diluting power of others. Moscow sees in UNO not the mechanism for a permanent and stable world society founded on mutual interest and aims of all nations, but an arena in which aims just mentioned can be favorably pursued. As long as UNO is considered here to serve this purpose, Soviets will remain with it. But if at any time they come to conclusion that it is serving to embarrass or frustrate their aims for power expansion and if they see better prospects for pursuit of these aims along other lines, they will not hesitate to abandon UNO. This would imply, however, that they felt themselves strong enough to split unity of other nations by their withdrawal, to render UNO ineffective as a threat to their aims or security, and to replace it with an international weapon more effective from their viewpoint. Thus Soviet attitude toward UNO will depend largely on loyalty of other nations to it, and on degree of vigor, decisiveness and cohesion with which these nations defend in UNO the peaceful and hopeful concept of international life, which that organization represents to our way of thinking. I reiterate, Moscow has no abstract devotion to UNO ideals. Its attitude to that organization will remain essentially pragmatic and tactical.

(d) Toward colonial areas and backward or dependent peoples, Soviet policy, even on official plane, will be directed toward weakening of power and influence and contacts of advanced Western nations, on theory that insofar as this policy is successful, there will be created a vacuum which will favor Communist-Soviet penetration. Soviet pressure for participation in trusteeship arrangements thus represents, in my opinion, a desire to be in a position to complicate and inhibit exertion of Western influence at such points rather than to provide major channel for exerting of Soviet power. Latter motive is not lacking, but for this Soviets prefer to rely on other channels than official trusteeship arrangements. Thus we may expect to find Soviets asking for admission everywhere to trusteeship or similar arrangements and using levers thus acquired to weaken Western influence among such peoples.

(e) Russians will strive energetically to develop Soviet representation in, and official ties with, countries in which they sense strong possibilities of opposition to Western centers of power. This applies to such widely separated points as Germany, Argentina, Middle Eastern countries, etc.

(f) In international economic matters, Soviet policy will really be dominated by pursuit of autarchy for Soviet Union and Soviet-dominated adjacent areas taken together. That, however, will be underlying policy. As far as official line is concerned, position is not yet clear. Soviet Government has shown strange reticence since termination hostilities on subject foreign trade. If large-scale long-term credits should be forthcoming, I believe Soviet Government may eventually again do lip service, as it did in 1930’s, to desirability of building up international economic exchanges in general. Otherwise I think it possible Soviet foreign trade may be restricted largely to Soviet’s own security sphere, including occupied areas in Germany, and that a cold official shoulder may be turned to principle of general economic collaboration among nations.

(g) With respect to cultural collaboration, lip service will likewise be rendered to desirability of deepening cultural contact between peoples, but this will not in practice be interpreted in any way which could weaken security position of Soviet peoples. Actual manifestations of Soviet policy in this respect will be restricted to arid channels of closely shepherded official visits and functions, with superabundance of vodka and speeches and dearth of permanent effects.

(h) Beyond this, Soviet official relations will take what might be called "correct" course with individual foreign governments, with great stress being laid on prestige of Soviet Union and its representatives and with punctilious attention to protocol, as distinct from good manners.


Part 4: Following May Be Said as to What We May Expect by Way of Implementation of Basic Soviet Policies on Unofficial, or Subterranean Plane, i.e., on Plane for Which Soviet Government Accepts No Responsibility.

Agencies utilized for promulgation of policies on this plane are following:

1. Inner central core of Communist parties in other countries. While many of persons who compose this category may also appear and act in unrelated public capacities, they are in reality working closely together as an underground operating directorate of world communism, a concealed Comintern12 tightly coordinated and directed by Moscow. It is important to remember that this inner core is actually working on underground lines, despite legality of parties with which it is associated.

2. Rank and file of Communist parties. Note distinction is drawn between these and persons defined in paragraph 1. This distinction has become much sharper in recent years. Whereas formerly foreign Communist parties represented a curious (and from Moscow’s standpoint often inconvenient) mixture of conspiracy and legitimate activity, now the conspiratorial element has been neatly concentrated in inner circle and ordered underground, while rank and file--no longer even taken into confidence about realities of movement--are thrust forward as bona fide internal partisans of certain political tendencies within their respective countries, genuinely innocent of conspiratorial connection with foreign states. Only in certain countries where communists are numerically strong do they now regularly appear and act as a body. As a rule they are used to penetrate, and to influence or dominate, as case may be, other organizations less likely to be suspected of being tools of Soviet Government, with a view to accomplishing their purposes through [apparent omission] organizations, rather than by direct action as a separate political party.

3. A wide variety of national associations or bodies which can be dominated or influenced by such penetration. These include: labor unions, youth leagues, women’s organizations, racial societies, religious societies, social organizations, cultural groups, liberal magazines, publishing houses, etc.

4. International organizations which can be similarly penetrated through influence over various national components. Labor, youth and women’s organizations are prominent among them. Particular, almost vital, importance is attached in this connection to international labor movement. In this, Moscow sees possibility of sidetracking Western governments in world affairs and building up international lobby capable of compelling governments to take actions favorable to Soviet interests in various countries and of paralyzing actions disagreeable to USSR.

5. Russian Orthodox Church, with its foreign branches, and through it the Eastern Orthodox Church in general.

6. Pan-Slav movement and other movements (Azerbaijan, Armenian, Turcoman, etc.) based on racial groups within Soviet Union.

7. Governments or governing groups willing to lend themselves to Soviet purposes in one degree or another, such as present Bulgarian and Yugoslav governments, North Persian regime, Chinese Communists, etc. Not only propaganda machines but actual policies of these regimes can be placed extensively at disposal of USSR.

It may be expected that component parts of this far-flung apparatus will be utilized, in accordance with their individual suitability, as follows:

(a) To undermine general political and strategic potential of major Western Powers. Efforts will be made in such countries to disrupt national self-confidence, to hamstring measures of national defense, to increase social and industrial unrest, to stimulate all forms of disunity. All persons with grievances, whether economic or racial, will be urged to seek redress not in mediation and compromise, but in defiant, violent struggle for destruction of other elements of society. Here poor will be set against rich, black against white, young against old, newcomers against established residents, etc.

(b) On unofficial plane particularly violent efforts will be made to weaken power and influence of Western Powers [on] colonial, backward, or dependent peoples. On this level, no holds will be barred. Mistakes and weaknesses of Western colonial administration will be mercilessly exposed and exploited. Liberal opinion in Western countries will be mobilized to weaken colonial policies. Resentment among dependent peoples will be stimulated. And while latter are being encouraged to seek independence [from] Western Powers, Soviet dominated puppet political machines will be undergoing preparation to take over domestic power in respective colonial areas when independence is achieved.

(c) Where individual governments stand in path of Soviet purposes pressure will be brought for their removal from office. This can happen where governments directly oppose Soviet foreign policy aims (Turkey, Iran), where they seal their territories off against Communist penetration (Switzerland, Portugal), or where they compete too strongly (like Labor Government in England) for moral domination among elements which it is important for Communists to dominate. (Sometimes, two if the elements are present in a single case. Then Communist opposition becomes particularly shrill and savage.)

(d) In foreign countries Communists will, as a rule, work toward destruction of all forms of personal independence--economic, political or moral. Their system can handle only individuals who have been brought into complete dependence on higher power. Thus, persons who are financially independent--such as individual businessmen, estate owners, successful farmers, artisans--and all those who exercise local leadership or have local prestige--such as popular local clergymen or political figures--are anathema. It is not by chance that even in USSR local officials are kept constantly on move from one job to another, to prevent their taking root.

(e) Everything possible will be done to set major Western Powers against each other. Anti-British talk will be plugged among Americans, anti-American talk among British. Continentals, including Germans, will be taught to abhor both Anglo-Saxon powers. Where suspicions exist, they will be fanned; where not, ignited. No effort will be spared to discredit and combat all efforts which threaten to lead to any sort of unity or cohesion among other [apparent omission] from which Russia might be excluded. Thus, all forms of international organization not amenable to Communist penetration and control, whether it be the Catholic [apparent omission] international economic concerns, or the international fraternity of royalty and aristocracy, must expect to find themselves under fire from many, and often [apparent omission].

(f) In general, all Soviet efforts on unofficial international plane will be negative and destructive in character, designed to tear down sources of strength beyond reach of Soviet control. This is only in line with basic Soviet instinct that there can be no compromise with rival power and that constructive work can start only when Communist power is dominant. But behind all this will be applied insistent, unceasing pressure for penetration and command of key positions in administration and especially in police apparatus of foreign countries. The Soviet regime is a police regime par excellence, reared in the dim half world of Tsarist police intrigue, accustomed to think primarily in terms of police power. This should never be lost sight of in gauging Soviet motives.



Part 5. Practical Deductions from Standpoint of US Policy

In summary, we have here a political force committed fanatically to the belief that with US there can be no permanent modus vivendi, that it is desirable and necessary that the internal harmony of our society be disrupted, our traditional way of life be destroyed, the international authority of our state be broken, if Soviet power is to be secure. This political force has complete power of disposition over energies of one of world’s greatest peoples and resources of world’s richest national territory, and is borne along by deep and powerful currents of Russian nationalism. In addition, it has an elaborate and far-flung apparatus for exertion of its influence in other countries, an apparatus of amazing flexibility and versatility, managed by people whose experience and skill in underground methods are presumably without parallel in history. Finally, it is seemingly inaccessible to considerations of reality in its basic reactions. For it, the vast fund of objective fact about human society is not, as with us, the measure against which outlook is constantly being tested and re-formed, but a grab bag from which individual items are selected arbitrarily and tendenciously to bolster an outlook already preconceived. This is admittedly not a pleasant picture. Problem of how to cope with this force [is] undoubtedly greatest task our diplomacy has ever faced and probably greatest it will ever have to face. It should be point of departure from which our political general staff work at present juncture should proceed. It should be approached with same thoroughness and care as solution of major strategic problem in war and, if necessary, with no smaller outlay in planning effort. I cannot attempt to suggest all answers here. But I would like to record my conviction that problem is within our power to solve--and that without recourse to any general military conflict. And in support of this conviction there are certain observations for a more encouraging nature I should like to make.

(1) Soviet power, unlike that of Hitlerite Germany, is neither schematic nor adventuristic. It does not work by fixed plans. It does not take unnecessary risks. Impervious to logic of reason, and it is highly sensitive to logic of force. For this reason it can easily withdraw--and usually does--when strong resistance is encountered at any point. Thus, if the adversary has sufficient force and makes clear his readiness to use it, he rarely has to do so. If situations are properly handled there need be no prestige-engaging showdowns.

(2) Gauged against Western world as a whole, Soviets are still by far the weaker force. Thus, their success will really depend on degree of cohesion, firmness and vigor which Western world can muster. And this is factor which it is within our power to influence.

(3) Success of Soviet system, as form of internal power, is not yet finally proven. It has yet to be demonstrated that it can survive supreme test of successive transfer of power from one individual or group to another. Lenin’s death was first such transfer, and its effects wracked Soviet state for 15 years. After Stalin’s death or retirement will be second. But even this will not be final test. Soviet internal system will now be subjected, by virtue of recent territorial expansions, to series of additional strains which once proved severe tax on Tsardom. We here are convinced that never since termination of civil war have mass of Russian people been emotionally farther removed from doctrines of Communist Party than they are today. In Russia, party has now become a great and--for the moment--highly successful apparatus of dictatorial administration, but it has ceased to be a source of emotional inspiration. Thus, internal soundness and permanence of movement need not yet be regarded as assured.

(4) All Soviet propaganda beyond Soviet security sphere is basically negative and destructive. It should therefore be relatively easy to combat it by any intelligent and really constructive program.

For these reasons I think we may approach calmly and with good heart problem of how to deal with Russia. As to how this approach should be made, I only wish to advance, by way of conclusion, following comments:

(1) Our first step must be to apprehend, and recognize for what it is, the nature of the movement with which we are dealing. We must study it with same courage, detachment, objectivity, and same determination not to be emotionally provoked or unseated by it, with which doctor studies unruly and unreasonable individual.

(2) We must see that our public is educated to realities of Russian situation. I cannot overemphasize importance of this. Press cannot do this alone. It must be done mainly by Government, which is necessarily more experienced and better informed on practical problems involved. In this we need not be deterred by [ugliness?] of picture. I am convinced that there would be far less hysterical anti-Sovietism in our country today if realities of this situation were better understood by our people. There is nothing as dangerous or as terrifying as the unknown. It may also be argued that to reveal more information on our difficulties with Russia would reflect unfavorably on Russian-American relations. I feel that if there is any real risk here involved, it is one which we should have courage to face, and sooner the better. But I cannot see what we would be risking. Our stake in this country, even coming on heels of tremendous demonstrations of our friendship for Russian people, is remarkably small. We have here no investments to guard, no actual trade to lose, virtually no citizens to protect, few cultural contacts to preserve. Our only stake likes in what we hope rather than what we have; and I am convinced we have better chance of realizing those hopes if our public is enlightened and if our dealings with Russians are placed entirely on realistic and matter-of-fact basis.

(3) Much depends on health and vigor of our own society. World communism is like malignant parasite which feeds only on diseased tissue. This is point at which domestic and foreign policies meet. Every courageous and incisive measure to solve internal problems of our own society, to improve self-confidence, discipline, morale and community spirit of our own people, is a diplomatic victory over Moscow worth a thousand diplomatic notes and joint communiqués. If we cannot abandon fatalism and indifference in face of deficiencies of our own society, Moscow will profit--Moscow cannot help profiting by them in its foreign policies.

(4) We must formulate and put forward for other nations a much more positive and constructive picture of sort of world we would like to see than we have put forward in past. It is not enough to urge people to develop political processes similar to our own. Many foreign peoples, in Europe at least, are tired and frightened by experiences of past, and are less interested in abstract freedom than in security. They are seeking guidance rather than responsibilities. We should be better able than Russians to give them this. And, unless we do, Russians certainly will.

(5) Finally we must have courage and self-confidence to cling to our own methods and conceptions of human society. After all, the greatest danger that can befall us in coping with this problem of Soviet communism is that we shall allow ourselves to become like those with whom we are coping.

martes, marzo 13, 2007

Hitler gana la Segunda Guerra Mundial

Charles Lindbergh, el héroe de la aviación nortemaricana, se batió en una dura contienda electoral, con el candidato demócrata, F. D. Roosevelt, el año de 1940. Las encuestas preliminares daban como perdedor a este descendiente de sueco, declarado admirador de Hitler, cuyo slogan fundamental era simple: "la guerra de los europeos, para los europeos". Pero las encuestas muchas veces fallan. La victoria republicana pilló de sorpresa al mundo. Provocó, además, un efecto en cadena, cuyas consecuencias son difíciles de entrever. El aislacionismo del nuevo mandatario, se tradujo en una interrupción de la ayuda económica y militar que se daba a Inglaterra. Sin esos recursos, la derrota aliada y de los rusos, se vuelve inminente. Cosa de meses para los regímenes fascistas logren a imponerse en todos los frentes: el Japón imperial en el Pacífico, la Italia de Mussolini en el sur de Europa, el franquismo en la península.... Hitler va a lograr doblegar la resistencia soviética y luego de eso no lo va a detener nadie, hasta que se transforme en el único y exclusivo regente del mundo. ¿Qué va a pasar en todo el planeta si Hitler y los otros caudillos fascistas se apoderan del petróleo, el cobre, el trigo, los recursos naturales en general, todas las fuentes de riquezas, si controlan, además, a las poblaciones, pudiendo exportar a la periferia de Europa el régimen esclavista utilizado con los polacos, húngaros y otros? ¿qué suerte le espera a las democracias occidentales o al régimen comunista soviético? ¿en qué van a terminar países tercermundistas, como Chile, que son gobernados por caudillos que miran con simpatía a las potencias del Eje?.

Philip Roth, fabula estas posibilidades en su notable novela "La conjura contra América". Es una texto fascinante, escrito por uno de los narradores más potentes de habla inglesa (que estoy siguiendo con harto entusiasmo en estos meses). La novela comienza a partir de una anécdota similar a la anotada recién: estamos en 1940, acaba de perder la elección el hombre que llevó a Estados Unidos a la guerra; ya no hay vuelta para los aliados; Hitler, que se veía tambaleante, se va a afirmar. A partir de entonces, se intuye, el color y la textura del mundo va a cambiar, la historia va a entrar en otro trajín. ¿Qué va a pasar, entonces, con los grandes tesoros del occidente: la libertad, el individualismo, la cultura, los derechos humanos, etc? ¿qué va a pasar, en particular, con los judíos?.

El literato mira esta realidad escabroza desde la óptica de una modesta familia judía de Newark. Imagina el pavor con que sus miembros viven el inicio de una gran cacería, que intenta acabar con los judíos en todos los rincones del planeta, partiendo por Estados Unidos... ese es sólo el punto de comienzo de una serie de cambios que van a marcar el paso a un momento oscuro en la humanidad....

Recomiendo la novela. Sirve examinar las características de un periodo histórico con ayuda de 'contrafactuales'. Se trata de hacer el ejercicio de pensar en todas las cosas que podrían haber sucedido en caso de que el azar hubiese introducido una pequeña cuya en los hechos efectivamentes sucedidos. ¿Qué habría pasado en caso de que Napoleón no hubiese decidido arrestar al monarca español en 1808? ¿se habría fraccionado el imperio, como resultado de guerras independentistas, dando origen a una serie de naciones nuevitas? ¿se habría prolongado el imperio de los borbones otros cien años? ¿cómo habría sido la historia del Chile de las cuatro últimas décadas si es que Allende no hubiese logrado sumar los apenas 30.000 votos que le permitieron ganar la elección de 1970? ¿habría habido un golpe militar? ¿tendríamos a Bachelet de presidenta?.
Algunos antecedentes adicionales sobre el libro en este ensayo. Lo mejor: sumergirse directo en las páginas del libro.

lunes, marzo 12, 2007

La 'edad dorada' del europeo

Este curso concentra su puntería en los fenómenos que se dan en el mundo, en la segunda mitad del siglo XX. Abarca desde mediados de siglo XX, hasta la gran fisura que se produce en los 90’s, cuando comienzan a desplegarse procesos con una textura histórica distinta, fisurados por otras paradojas, propias de la etapa de los post (post-colonialismo, post-modernidad, post-historia, etc.).

El sujeto de nuestro interés (un periodo histórico), quiero asentar, tiene fronteras muy definidas, que conviene explicitar desde el principio.

Les cuento que para nosotros, los historiadores, la unidad de análisis más conveniente, son los periodos. Nosotros no explicamos hechos, acontecimientos puntuales que se dan en un tiempo y lugar. Lo que nos interesa, preferentemente, es dar cuenta de los largos procesos de cambio que cristalizan o se hacen evidentes a través de esos hechos, que son algo así como la cima de largas cordilleras sumergidas, que el espectador normal percibe sólo como islas. Para nosotros los hechos no son nunca islas. Son la evidencia de la existencia largas cordilleras, que comienzan en un punto y concluyen en otro.

Un periodo, sabemos es una era corta, una fase, circundada por un principio y un final, en que se despliega un conjunto de procesos relacionados de cambio (siempre con elementos de continuidad), que avanzan más o menos hacia el mismo lado, acompasados a un mismo ritmo. Aunque cada uno de esos procesos (y hechos, que son parte de esos procesos) se mueve en una órbita propia, se advierte, de todas maneras, la presencia un hilo conductor que ejerce su influencia desde el trasfondo. Hay en todo lo que pasa, más allá de las diferencias, cierta lógica relacional, que uno trata de develar y exponer en el texto o en la clase.
Quiero hablar brevemente sobre los principios y los finales. En las narrativas históricas, la "closure" no es un dato meramente referencial. Los hitos de principio y final son verdaderos turning point que demarcan diferencias entre un antes y un después, que confieren a esta unidad epocal un sabor característico, tal cual sucede, por ejemplo, con los comienzos y los finales de las películas.

La unidad de análisis de este curso configura un periodo muy nítido, que satisfase todos estos parámetros. Los hitos demarcatorios del periodo que nos interesa se encuentran especialmente bien delineados. Hablamos de ese etapa que se inicia cuando se desmorona ese mundo dominado por las potencias colonialistas de europa, con una Inglaterra que actuaba como la cabeza y surge orden internacional presidido por dos grandes superpotencias, capitalismo contra socialismo, democracia contra dictadura de partido único, que mantienen una paz mentirosa y peligrosa, basada en la disuación nuclear, un mundo de descolonización, en que nace el llamado tercer mundo, escenario de formas de pobreza y abandono desconocidas y también de todos los conflictos bélicos. Ese mundo, que despuntó al término de la Segunda Guerra Mundial, acaso como consecuencia de ese gran acto de inmolación colectiva en que los europeos se autodestruyeron, y que comienza a cerrarse cuando se produce la caída del muro de Berlín y se impone una nueva forma de multiletaralismo presidido por una potencia única.

Unos comentarios iniciales sobre el primer hito, necesarias para que iniciemos, a continuación, el estudio de la etapa que nos interesa más directamente.

Cuando amanecía el siglo había un paisaje muy claro en el mundo. Todo era cambio, progreso, modernización. Detrás de esta trayectoria ascendente, había un denominador común claro: siempre nos topábamos, tras los bastidores o en la primera fila, con el europeo, seguido a distancia por su primo hermano, el norteamericano.

No había nadie que discutiera la primacía de Europa. Los europeos estaban viviendo el mejor periodo de su larga historia de éxitos, entre 1880 y mediados de la década de 1910, reflejada en el vigor sin precedentes que mostraba la economía, en el pulso de la demografía, en su predominio incostestado mantenido en todo el mundo. Era la era dorada del “capitalismo liberal”. La ciencia y la tecnología registraban un desarrollo completamente sin precedentes. Se formulaba la teoría de los cuantos (1900), poco después aparecía la teoría de la relatividad (1905), Mendel fundaba la genética moderna (1906) y Niels Bohr sentaba las bases para el estudio de los átomos (1913), Bertrand Russell asentaba los cimientos para la filosofía analítica, Freud asaltaba el racionalismo descubriendo el psicoanálisis. Los artistas hacían trizas el arte figurativo y el referencialismo, alentando movimientos de vanguardia como el cubismo (1910-20) o más tarde, con el expresionaimos abstracto. Al lado de ellos se producía una cantidad desbordante de desarrollos en el plano de las ideas, con manifestaciones en cada uno de los ámbitos de la creación humana –una etapa tan fertil como aquella en que había germinado el nódulo del pensaiento griego–. Junto a estos progresos en ciencia dura, cuyos efectos tangibles sólo se van a vivir varias décadas después, se desarrollaba el motor de combustión interna, la aeronáutica, se desplegaban por todos los rincones del mundo las vías férreas, telégrafos o líneas de vapores de los ingleses, reduciendo de manera importante las porciones del planeta que antes se mantenían desconectadas. La tecnología no se quedaba en la industria o en las comunicaciones. Comenzaba a cambiar drásticamente la calidad de vida de las personas. La ciencia médica, de principios del siglo XX, la educación, el estado de bienestar, registraban avances avances suficientes como para que cualquier persona más o menos instruida pudiera confiar en que era posible, acaso inminente, el poder librarnos de los más grandes sufrimientos que había conocido el hombre: pobreza, enfermedades, hambre, guerra.

Progresos sin par. Junto con ellos enormes cambios en la manera de vivir. El capitalismo liberal, el modelo del europeo triunfador, en su fase más explosiva, cambió las ciudades, los hogares, las personas, mentes incluidas. Nunca se había más y mejor: mejor salud, más riqueza, más oportunidades, más cosas que hacer con el tiempo de ocio.

El poderío europeo, no paraba en la economía y la cultura. Tenía, también, expresiones muy visibles en el terreno militar y de la política exterior. En esta edad dorada del europeo, todo el mundo estaba siendo penetrado por las ideas, los intereses y el modelo de los europeos. En algunos casos esta penetración se vivía solo como influencia. Por ejemplo, en las naciones más atrasadas del norte, en la periferia del europeo: las comunidades agrícolas de los confines del hemisferio norte, que eran gobernadas jerárquicamente, con fórmulas ancestrales, con economías autosuficientes, encerradas al contacto con el resto del mundo, con una estructura social dura como un glacial, todo ello supervigilado por un poder eclesiástico, comenzaban a vivir apurados cambios a medida que penetraba el europeo. En la parte de abajo del planeta, el efecto europeo, operaba de una manera mucho más tosco. El continente africano, el subcontinente indio, algunos rincones de latinoamérica y casi toda asia habían sido recientemente anexadas, sin el menor pudor, por las potencias colonialistas europeas. Allí la modernidad no aterrizó como una seducción. Lo hizo bajo la forma menos noble de la sojuzgación y del abuso.

Hay que tener en cuenta que la creación de los imperios coloniales fue obra de una sola generación de europeos, que hizo lo suyo entre fines del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial. Es cierto que antes había imperios. Pero estas realidades políticas no eran comparable a las complejas organizaciones internacionales que se constituyeron cuando Europa se convirtió en el corazón del mundo, como generadora de un comercio internacional sin precedentes.

Entre 1800 y 1880 los imperios coloniales de los europeos se anexaron un total de 17 millones de km2. En las cortas tres décadas que corren entre 1880 y 1910, los europeos se apropiaron de más tierras de las que habían reunido en un siglo: sumaron cerca de 20 millones de km2, lo que los hizo dueños de un 85% de la superficie terrestre de todo el planeta.

El puro imperio británico, dueño de la India, poseía una cuarta parte de la tierra y una cuarta parte de la población de todo el mundo.

Parecían contadas las zonas del mundo que conservaban su independencia. E incluso esas zonas lograban escaparse de manos de los ambiciosos europeos, veían muy claro que no había porvernir sino imitando el modelo exitoso por antonomasia: el modelo europeo.

En su cénit, el europeo había logrado más influir en los asuntos mundiales como no lo había hecho nunca. Parecía una posición ganada, una posición absoluta, una posición definitiva. ¿Quién podría dudarlo? Los europeos, lo mismo que la mayoría de los no europeos, daban por sentado que este continente tan pequeño seguiría desempeñando en el mundo, la misma gravitancia que había tenido en los cuatro siglos anteriores. Es cierto que se advertía la presencia de ciertas sombras que nublaban todas estas luces, de las cuales, entiendo, ustedes ya han sido advertidos (en una ayudantía). Por ejemplo, las dejadas en el corazón y la mente de los europeos por los neo-hegelianos, herederos de Carlos Marx, que veían en esta momento de esplendor la prueba de que se estaba en el momento de la última confrontación vivida al interior del capitalismo. Junto con ello, el auge de doctrinas, corrientes, movimiento conservadores, con aristas políticas igualmente peligrosas, que intentaban poner coto a la destrucción de los valores y formas de vida perpetrados por el capitalismo, con doctrinas conservadores y anti-democráticas, como las que van a florecer en el entreguerra. Pero estas sombras no producían eclipses.

La verdad es que no había nada más seguro e incuestionable que el predominio del europeo en el mundo: pero todo eso se vino al suelo, por obra y gracia de los propios europeos, que se inmolaron empujando las dos guerras más grandes que conoció la humanidad......, y nos vimos confrontados, a partir de eso, al estreno de otra historia (que vamos a desarrollar en las clases).

martes, enero 30, 2007

Los intelectuales y la revolución

Por César Albornoz e Ignacio Muñoz

Los intelectuales miraron con ojos de enamorado la revolución que estalló en Cuba, en 1959. Se trataba de un movimiento tercermundista de liberación que prometía una transformación mucho más amplia que la soñada por los revolucionarios europeos, incluido Marx. Señal de su fidelidad al movimiento, los intelectuales de la región se alinearon, como verdaderos soldados, bajo el slogan "El arte como arma de la revolución".

El romance terminó a principios de la década del 70, cuando comenzó a quedar de manifiesto lo que podía comportar, para la creación artística, el compromiso con el régimen de Castro. El icono latinoamericano en este proceso de desencantamiento fue el caso Padilla. La policía política del régimen castrista detuvo al poeta y a su mujer. Luego de sufrir los rigores de esa situación, Padilla fue obligado a retractarse públicamente, tal cual lo habían tenido que hacer muchas de las víctimas de las primeras purgas estalinistas. Algunos escritores latinoamericanos adviertieron que esta auto-inmolación era farsa y comenzaron a marcar distancia del régimen: Jorge Edwards, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, entre otros.

Años después uno de los miembros de jurado que obligó a Padilla retractarse publicó un testimonio notable que nos muestra cómo se vive la represión cultural dentro de una dictadura de partido único.

lunes, enero 29, 2007

La soledad de América Latina

Discurso de aceptación del Premio Nobel. 1982
Gabriel García Márquez


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El Dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.